Matando moscas con el rabo

LOS NIÑOS PERDIDOS

LOS NIÑOS PERDIDOS. Capítulo 5º


Los asesinos seguían buscando incansablemente a esos niños tan escurridizos. Se asomaban tras cada arbusto, árbol y roca. La paciencia se les agotaba, pero las ganas de estrangular a los críos les motivaba lo suficiente para no cesar en su empeño.

– Nos ha tocado ser asesinos.-dijo Jerry algo jadeante- ¿Por qué nos toca también buscar a esos pequeñajos de mierda?

– Pues porque la vida es como una caja de bombones, Jerry. Nunca sabes cual te va a tocar. A nosotros nos ha tocado uno de sabor amargo, sin sabor a chocolate.-Le contestó Rock con desgana.

– ¡Anda! ¡Qué casualidad! Eso es lo mismo que dice Forrest Gump.-Se detuvo para reír- Tenía al gran Tom Hanks delante de mis narices todo este tiempo y no me había dado ni cuenta.-Esto lo contaba de una forma exageradamente entusiasmada y que a Rock, le sacaba de sus casillas. La paciencia la perdía por triplicado.

– ¡No soy Tom Hanks!- Le gritó a su tonto compañero esbirro. Jerry le miró con desilusión. La misma cara de un niño que acaba de averiguar quienes eran los verdaderos Reyes Magos, Santa Claus, hadas de los dientes o el ratoncito Pérez.

– Entonces…¿quién eres?- Parecía que iba a llorar de un momento a otro.

– ¡Ja!¡Soy Pavarotti! ¿No te jode?-contestó Rock bastante ofuscado- ¿Te parece bien?

– Si. claro. A mi me encanta la ópera. Es que alucino con la ópera. Canto con la ópera, corro con la ópera, mato con la ópera,…

– ¡Follas con la ópera y te masturbas con ella!- gritó Rock. Jerry cambió su semblante de contento a impresionado.

– ¿Cómo lo has sabido?- preguntó este.

– ¡Basta! ¡Ya basta!- explotó Rock, dándose un palmetazo en toda la cara a si mismo- Estoy harto de tí y de tus idioteces. Si no te pones firme; te juro que te reviento los sesos como a ese niño.

Jerry se lo quedó mirando durante un instante. Estupefacto, tragó saliva,agachó la cabeza y siguió a su jefe, que prosiguió su marcha. El no quería morir. Eso no entraba en el plan de la orden, pero sabía que Rock era capaz de hacer cosas terribles y no dudó de sus palabras.

PERDIDOS

Dentro de la cueva hacía frío, pero tras una charla, los chicos quedaron atrapados por una larga siesta de unas cinco horas. Dato aproximado,pues sus relojes se habían estropeado durante sus inmersiones acuáticas.

Bob despertó de pronto, observando sus alrededores. Vió la cascada, rocas húmedas, mucha agua, rayos del sol que caían sobre las rocas,…

– ¿Rayos de sol que caen sobre las rocas?- se preguntó Bob. Sara se despertó al oirlo.

-¿Qué pasa, Bobby?-preguntó, mientras se estiraba para desperezarse del sueño. Su hermano no debió escucharla, pues este seguía con sus divagaciones en voz alta. Ella se quedó observándole.

– Quizás sea una grieta…no puede ser. Encima está el río. A lo mejor, la grieta está a un lado y existe otra salida…

– ¿De qué estás hablando?-insistió Sara para llamar su atención. Le preocupaba que a su hermano, se le fuera la cabeza. Bob si la oyó esta vez y la miró.

-¿Te he despertado? Lo siento.- contestó el niño aún ensimismado en dirección a aquel haz de luz.

– Estás realmente embobado. ¿Qué estás mirando tanto con esa cara de tonto?

– Mira esa luz.-le señaló- ¿No tienes curiosidad por saber de donde procede? No sé…es rara.- Sara se fijó un poco más en ella.

– Es verdad. Si que es extraña, No tengo ni idea de dónde puede venir. Mejor déjalo, que seguro no es nada imp…

– ¡Que no es nada!- gritó Bob desesperado-¡Estamos debajo de un río , en una cueva, al lado de una cascada,…! ¿Y dices que no es nada? A veces pareces una inútil, Sara.

La manera que tuvo de vocear a su hermana, hizo que Cristian y Jim despertaran de sopetón. Kelly seguía acurrucada junto a Joe y este la protegía con su brazo, rodeando su cintura.

-¿Qué pasa?¿A que vienen esas voces?- preguntó Cris.

– Que Bob se está volviendo majareta.- contestó Sara.

– ¿Y donde está tu hermano?

– Aquí, a mi la…do.-Pues no, no estaba ahí- ¿Bobby? ¡Bobby!

– ¡Estoy aquí, loca!- Se encontraba nadando en el agua,a unos metros de ella, acercándose hacia el origen de aquel extraño haz de luz.

– ¡Qué susto me has dado!

– Mira que eres coñazo cuando te lo propones, Sara.-le replicó su hermano desde el agua.

– Tu hermana no es un coñazo.-intervino Cris- Sólo se preocupa por tí.

Jimmy les miraba y por sus gestos, parecía comprender la situación.

– Ya claro.-le contestó Bob.- Pero es que yo le había dicho que quería ver de dónde viene esa luz y ahora se pone a gritar como un histérica.

– Espera un momento.- dijo Cris levantando la vista hacia el frente. Sus ojos se iluminaron- ¿Una luz? Tengo que llamar a Joe, puede que sea una salida para poder escapar.

– Genial.-dijo Bob- Ahora hazte pasar por el héroe de la función.- Su hermana no se pudo mantener callada.

– No se trata de ser un héroe. Se trata de huir de esos asesinos que nos persiguen.De escapar de la muerte.

– Quizás tengamos suerte.-replicó Cris. Bob se le quedó mirando, empezando a tiritar de frío y dijo:

– ¡Anda! Pues eso rima…muerte…suerte…

– Menos rollos y vamos a comprobar lo que hay ahí.- intervino Sara.- ¿Vale, Jim?

Jimmy hizo un gesto afirmativo con el pulgar hacia arriba y una sonrisa. La noche los había alcanzado y se podían escuchar los aullidos de los lobos, así que no se trataba de ninguna luz solar que penetrara en aquella cueva.Se metieron todos en el agua, siguiendo a Bob. Conforme se acercaban, su curiosidad aumentaba cada vez más.

La luz seguía reflejando en sus rostros y cuando alcanzaron a ver por el hueco, su sorpresa fue mayúscula. No pudieron dar crédito a lo que sus ojos vieron.

– ¡Wow!- exclamó Bobby, que fue el primero en verlo.

– Es increíble.-consiguió decir Cris.

– Pero cierto.- dijo Sara. Jim estaba flipando.

Ninguno podía cerrar sus ojos, a pesar de que la luz seguía resplandeciendo sobre sus caras. Los cuatro quedaron boquiabiertos.

– ¡Oro! ¡Es oro!- gritó Cris

– Ya no tendré que volver a coger prestadas las joyas de mi madre.-divagó Sara.

– ¡Dios mío! ¡Santo cielo!- exclamó Bobby- ¡Kelly! ¡Joe! ¡Tenéis que ver esto!

Kelly dio un respingo del susto, apartando así el brazo de Joe que la envolvía, despertando a este también.Miraron hacia todos lados sin conseguir divisarlos.

– ¿Dónde estáis?- preguntó Joe.

– ¡Aquí!- contestó Sara con una emoción absoluta.

– ¿Y dónde es “aquí”?- preguntó Kelly.

– Meteos en el agua y seguid la luz.- contestó Cristian.

– ¡Hay oro!- gritó Bobby.

– ¿Oro?- se preguntó Kelly mirando escepticismo a Joe, pero este se levantó asiéndola del brazo y lanzándose al agua en pos de los demás chicos. La pequeña corriente no les permitía ir tan rápido como deseaban, pero cuando por fin llegaron, quedaron de piedra. Kelly subió hacia el hueco donde Bob y los otros ya se encontraban. Se asomó y su sonrisa ilusionada, desapareció al instante.

– Esto no es oro.-dijo ella.

– ¿Cómo que no es oro?-preguntó Sara.- ¿Entonces que es esto que tanto brilla?

– No estoy segura, pero puede ser algún poder sobrenatural.- respondió kelly.

– Si, claro.- replicó Bob, que se había internado un poco más- ¿Es que hay magos por aquí?- Kelly llegó junto a Bob y quedó perpleja. No podía ni pestañear.

– No digas tonterías.-le regañó su hermana.

– ¿Y por qué no?-preguntó Kelly.

– ¿Cómo has dicho?-preguntó Joe  a su espalda con cierta preocupación.

– Digo que porqué no puede haber magos.

– Venid y mird esto. No os lo podréis creer.- dijo Bob.

Sara y los demás se acercaron a ellos. Creyeron haberse vuelto locos, pero vieron a un hombre de espaldas, que sostenía una varita dorada en la mano derecha y delante de este un caldero enorme que proyectaba aquel resplandor que les había atraído.

– Es fantástico.-dijo Cris. A Jim se le abrieron los ojos como platos al igual que al resto.

– Calla, Cris. Nos puede oír.- decía Sara con voz temblorosa y ya no solo por el frío de la humedad.

– Os estaba esperando.- dijo la voz de aquel hombre sin darse siquiera la vuelta.- No tengáis miedo, pues no me como a nadie.

Por un momento, se quedaron quietos contemplando al hombre. Tenía el pelo blanco, una barba bastante larga, llevaba unas gafas de lectura, iba aseado y vestido con unos ropajes que parecían muy antiguos. Sin duda alguna, se trataba de un hombre de…

– ¡Cien años!- exclamó Bob.

No era eso exactamente lo que quería decir, pero más o menos se acerca. Era un hombre…

– ¡Cascarrabias!- volvió a gritar Bob. El hombre se volvió hacia ellos sin pronunciar palabra alguna.

– ¿Cómo vas a saber eso, Bob?-le interrumpió Cris.-Si no le conoces.

¡Callaos ya! El que cuenta aquí la historia soy yo. Era un hombre de avanzada edad. Una poco común, pero a pesar de ello, se encontraba dotado de buena salud y un rostro sereno, simpático y agradable.

– Acercaos.- Volvió a insistir el hombre. Bob y Kelly obedecieron algo indecisos.- ¿Cómo os llamáis, valientes?

– Emmm, yo soy Kelly…él se llama Bob.- El pequeño no pudo salir de su asombro y sólo lo miraba fijamente.

– Este niño parece muy interesado.-y entonces aquel hombre se puso a reír estruendosamente. Bob no supo porqué, pero sus escasos vellos se le erizaron de pronto.

– Sí, creo que sí. Parece que tiene usted un buen sentido del humor.-le dijo Kelly.-¿Cuál es su nombre?

– Mi nombre es un poco raro.

– No importa. Dígamelo, por favor.

El hombre la observó un instante sin dejar de sonreír, deslizó sus gafas hasta la punta de su nariz y dijo:

– Es usted una muchacha muy guapa. ¿Lo sabía?

– No, no lo sabía.-contestó Kelly.El rubor de sus mejillas delató que aquel comentario le pilló desprevenida.- Gracias, supongo.

Joe la miró extrañado, claro. El siempre le decía que era muy guapa. Su hermano Jim, sonrió al verlo celoso.

– Deja de reírte, Jimmy. No tiene gracia.-le recriminó a su hermano.

– Pero, ¿cómo se llama?-insistió Cristian. El anciano le miró.

-¡Oh! Un joven entrometido. ¿Cómo te llamas?- No dejó de sonreír ni un momento con su mirada esmeralda, llena de sabiduría y algo más.

– Me llamo igual que usted.- contestó Cristian de manera convincente. El hombre se sorprendió.

– ¿Cómo sabías mi nombre? ¿Realmente te llamas Querek?- preguntó este.

– No. Me llamo Cristian y me parece que acabo de engañarle para saber su nombre.- contestó el muchacho bastante satisfecho por su astucia. Los demás no conseguían salir de su ensimismamiento, hasta que el hombre le replicó:

– Yo ya sabía vuestros nombres. Aquél se llama Joe. Ese, Jim y la niña, Sara.

– ¿Cómo podías conocer nuestros nombres?- preguntó Sara, que fue a la última que señaló con la varita.

– Hija; en mi profesión de mago, no estoy en las nubes, ¿sabes? Además dedico mi tiempo libre a realizar pociones mágicas y descubrir nuevas personas. Por cierto, lo siento.

– ¿El qué?- preguntó Joe- ¿Qué es lo que sientes?

– La muerte de Edgar. Vuestro amigo.-Todos quedaron perplejos observando a Querek. Cristian se estaba mosqueando ya un poquito y estalló.

– ¿Y qué más sabe hacer? ¿Cuándo no es su “tiempo libre”?

– La primera respuesta a la primera pregunta es que son muchas, pero lo que mejor se me da es hacer pasar los días. Y la respuesta a tu segunda pregunta es…- Jim miró a su hermano, se puso el dedo índice en la sien y lo comenzó a mover en círculos. Joe asintió-…¿Habéis terminado?- preguntó Querek de repente.

– Sí.- contestó Joe.

– Gracias. La respuesta a la segunda pregunta es difícil, pero fácil de responder. Mi tiempo libre es cuando hago lo que quiero y mi no tiempo libre, es cuando hago lo que pone en este libro.

Kelly miró a Bob y le susurró al oído.

– Está loco. Tenemos que irnos.

– Y para demostrar que no estoy loco y que digo verdad, he hecho que pasen dos días como segundos.-dijo Querek.

-¿Qué?- exclamó Joe.

– ¿Que llevamos dos días en la cueva?-preguntó Cris algo agitado.- Imposible.

– Exacto.- contestó Querek- Dos días. Ahora, si no les importa, salgan de aquí, porque los asesinos no tardarán en encontrarles y no quiero que me ensucien mi espacio con sus lindezas internas.

-¿Ahora que hacemos?- preguntó Sara, atacada de los nervios.

– ¡Larguémonos de aquí!- gritó Joe.

Corrieron todos hacia la cueva anterior por donde vinieron, dejando el eco de la risa de Querek atrás. Saltaron al agua, pero algo extraño sucedió. La corriente era mucho más fuerte que antes y encima, en dirección contraria a la cascada. Joe y Kelly consiguieron agarrarse a tiempo a uno de los salientes de la pared cavernosa.

-¡Socorro! ¡Ayuda!- gritaba Sara, antes de ser succionada, como el resto, a través de una cavidad al interior de la cueva.

Joe y Kelly dejaron de escuchar los gritos de sus pequeños amigos.

– ¿Y ahora qué?- sollozó Kelly.

Esta obtuvo el silencio por respuesta, pero el la miró, la abrazó con una mano y ella comprendió. Se agarró fuerte a el y Joe se soltó. Ambos fueron arrastrados por aquella repentina y extraña corriente y fueron engullidos por la oscuridad.

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LOS NIÑOS PERDIDOS. Capítulo 4º


LA CUEVA TRAS LA CASCADA

Después de correr durante más de veinte minutos por aquellas colinas boscosas junto al río para atrapar a los niños, Jerry se detuvo en seco para tomar aire. Respiraba entrecortadamente, prácticamente al borde de la asfixia. Su sobrepeso lo mataba. Además, llevaban sin ver a los críos un largo rato y decidió comentarselo a su “superior”por si este no se había percatado del detalle.

– Rock…Jefe…hemos perdido la pista de esos mocosos.- Rock se volvió hacia el con una agresividad implacable. El reverso de su mano quedó estampado en el pómulo derecho de Jerry. Éste lo miró mientras se frotaba el lugar golpeado.

– ¡Ya lo sé, idiota! Pero no me pongas de los nervios- le amenazaba con el dedo índice- Tenemos que encontrarlos y eliminarlos. Si no lo hacemos, seremos nosotros quienes desaparezcamos. Así que ya puedes estar corriendo, gordo de mierda, pues si no lo haces, seré yo quien acabe contigo y no quiero oirte rechistar ni una sola vez más si en algo estimas tu mísera vida de seboso. ¿Te ha quedado claro?

Jerry asintió tres veces seguidas con la cabeza, con el miedo en sus ojos y el dolor por culpa del flato, prosiguió la marcha tras Rock sin decir una palabra más.

Más adelante, se encontraban los chicos, que habían parado a descansar para recuperar algo de aire y Joe no dejaba de dar vueltas a su mente para trazar un plan tras haber despistado a esos locos asesinos que les perseguían. No sabía de que tiempo disponían antes de que estos pudierna alcanzarlos, así que sabía que iban a contrarreloj. La muerte de Ed le afectó bastante, pero tenía que mantenerse frío de pensamiento para no intranquilizar al resto del grupo que intentaba proteger.

– Tenemos que encontrar algún lugar que nos sirva como refugio para escondernos de esos psicópatas.-propuso al fin.

– Es verdad. me parece bien escondernos para que no nos maten.- saltó Bobby.

– ¿Y a qué estamos esperando? Mañana es tarde.-dijo Kelly animando a los demás a que se levantasen y prosiguieran su camino.

– Tengo hambre…-comentó Sara un poco ruborizada. Kelly se sorprendió de si misma por haber olvidado algo tan básico como la alimentación y recordó algunas cosas que llevaba en la mochila, la cual desenganchó de sus hombros para hurgar en su interior.

– Bueno, tengo unas latas de conservas de atún, anchoas,sardinas en tomate y albóndigas. También me quedan las peras que me echó mi madre y aunque están un poco pochas, nos servirán igual para el caso.- Ninguno de los presentes se opuso al menú, pues habría que conformarse con lo existente que era mejor que nada, desde luego.

– Vamos a sentarnos allí.-dijo Joe, señalando hacia unas rocas cubiertas por la sombra de árboles.-Descansaremos y comeremos algo, pero debemos dejar provisiones y no podemos abusar de lo que nos queda.

– De eso puedes estar seguro.-contestó la pequeña Sara con su rostro lleno de churretes y un brillo destelló en sus ojos por saber que su hambre sería saciado, al menos en parte. Chris, Jim y Bob observaban ávidamente cada movimiento que Kelly ejercía.

Kelly sacó una lata de anchoas y las abrió con un abridor que tenía su navajita suiza. Repartió las lonchitas de pescado y todos las degustaron como si fuese lo último que comerían en esta tierra. Quedaron con hambre, pero no les quedaba más remedio que conformarse y dar las gracias. A los pocos minutos, cuando Jim aún masticaba su última anchoa, algo que vio le hizo abrir los ojos de tal manera que parecían sobresalir de sus cuencas. Con gestos, llamó la atención de Joe que inmediatamente alzó su vista en la dirección que Jim le indicaba. No podía ser, eran los asesinos acercandose con las armas preparadas. El gordito parecía estar exhausto, pero ya a lo lejos, el cerdo que había matado a Ed mostraba una satisfacción y una maldad en su rostro que a el le gustaría poder cambiarle, arrancándole la cabeza de cuajo por lo que había hecho y lo que se disponía a hacer. Pero un arma ante un puño, no supondría una rivalidad equitativa.

– ¡Ya están aquí, larguémonos!- gritó de forma acelerada.

– ¡Que cerca están!- se alarmó Cristian, levantandose rápidamente al igual que los demás.

Los psicópatas comenzaron a disparar nuevamente y ellos huyeron sin saber a donde ir. Sara se cayó al suelo  y se pringó del verde de la hierba. Unas heridas se le abrieron por las rodillas y ésta sollozó intentando levantarse. Mientras Kelly, Jim, Bob y Cris se adelantaban bajando una colina, Joe se volvió para ayudar a Sara. La cogió en brazos y corrió tras sus amigos. Todo ocurría muy deprisa, entre tiroteos, desesperación y miedo a la muerte.

– ¡Dispara!- gritó Rock.

– ¿A quién?- preguntó Jerry.

– ¡A los niños! ¡A los niños! ¡Joder, maldita sea! ¡Estoy disparando yo solo por los dos!- Perdió a los chicos de vista.-¡Dios, se nos han vuelto a escapar! Todo esto ha sido por tu culpa, imbécil. Tenemos que seguirlos.- dijo bastante cabreado con el tonto que le habían puesto de compañero.

– Sí, tenemos que seguirlos.-respondió Jerry. Rock lo cogió del cuello y casi lo estrangula ahí mismo.

– ¿Que te tengo dicho? Nunca haré lo que tu me digas que haga. Así que, ¡niégalo!

– Pero Rock, ¿eso que es?- consiguió preguntar Jerry.

– ¡Tu niega!-le espetó el otro matón.

-Pues yo…niego lo que he dicho antes.- contestó.

– Muy bien.- dijo Rock antes de soltarle el cuello.- Pues vamos allá y espero que apuntes disparando a matar la próxima vez que los encontremos.

Los chicos no aminoraban su paso. El río a su derecha y las interminables montañas boscosas a su izquierda. Miraban en todas las direcciones posibles, aterrorizados por si los asesinos les sorprendían llegando por otro sitio que no fuera tras ellos.Seguir el curso fluvial había sido la decisión de Joe para que no se perdieran aún más. De pronto, Bob profirió un grito que asustó al resto.

– ¡Joe! ¡Allí parece que hay una cueva!

– ¿Dónde?

– Detrás de esa cascada. ¿La ves tu también o tengo visiones?- Joe observó la cascada que estaban dejando atrás y la cara se le iluminó.

– Si la veo.- contestó.

– Pues, ¿a qué estamos esperando?- preguntó Kelly.- Eso es mejor que nada.

Joe se encontraba exhausto llevando a Sara en brazos. Le pidió a Jimmy que la llevase en su lugar por un rato y este la cogió al hombro como un saco de cemento. Se dirigían hacia la susodicha cascada cuando Cris se detuvo.

– No puedo más.-dijo.-No creo que esto me esté pasando. No estamos aquí, ¿verdad? Tampoco Kelly ha encontrado pareja con un hermano mudo y Bob está en casa con su hermana. Como yo, que estoy durmiendo y soñando toda esta locura. Porque es una locura,¿no? y yo no estoy loco, hablo en serio. En el 95% de los casos tratados  de psicópatas, todas las víctimas resultan muertas y más aún si hemos visto todos esos cadáveres. Han matado a Ed…me estaba llevando muy bien con el- Cris empezó a llorar.- Teníamos gustos similares, pero nuestra amistad ha sido bien corta. Así que esto no está ocurriendo. Dentro de unas horas, despertaré en mi cama con un desayuno horrible preparado en mi mesita. No me gusta comer tanto, aunque ahora no me importaría. A Edgar, en realidad, nunca lo he conocido porque ha sido un sueño. Quizás exista, pero no, no le conozco. Tampoco a Jim, ni a Joe…no están aquí, no les estoy viendo. Este es mi sueño, mi pesadilla y no quiero volver a entrar en el agua porque lo de la cascada de antes ha sido horrible…

– ¿No has dicho que todo era un sueño?- le preguntó Kelly que notaba sus delirios sin sentido.- ¿Como fue tan horrible para tí esa cascada entonces? ¡Casi te ahogas!- Joe se acercó para intervenir.

– Debemos mantenernos unidos. A nosotros también nos gustaría no haber estado aquí, pero nos están siguiendo unos locos que quieren matarnos. ¿Entiendes eso? Tienes que reaccionar ya y no quedarte atrás si no quieres morir.- Jim se acercó y Sara intentó animar a Cris.

– Además, Cristian, tu mismo has dicho que sólo en el 95 % de los casos las víctimas resultan muertas. ¿Y si pertenecemos al 5% que sobrevive? No podemos perder la esperanza y para eso tenemos que luchar hasta el final. Deja ya de ser tan petardo y mueve tu culo. Nos matarán a todos porque no pensamos dejarte aquí solo.

– Tenéis razón. – contestó Cris al fin.- Lo siento, me he perturbado demasiado. Creo que me he descontrolado un poco…me he dejado llevar por el pánico. Sólo…quiero volver a casa.

– Nosotros también.- dijo Kelly.- ¿Verdad, chicos?

Todos hicieron un gesto de afirmación y caminaron después hacia aquella cueva que se ocultaba tras la cascada. Cris pensó que tenía suerte de poder contar con amigos así. Bob se burló un poquito de el, pero no le importó en absoluto en aquel momento. El río era salvaje, pero al llegar, no dudaron en meterse en el por los laterales, agarrándose a las rocas que podían y sin alejarse mucho los unos de los otros. Por fin, tras el remojón de la cascada, pudieron entrar en la cueva. El interior estaba lleno de agua y se subieron a una roca enorme que había en el lado derecho. Era como un lago dentro de la cueva. Kelly abrazó a Joe intentando no derramar lágrimas. Los demás se quedaron sentados, tiritando y observando la caída de la cascada desde dentro. Era como un velo que les separaba del exterior.

– Aquí estaremos a salvo.- dijo Joe.- Al menos por un rato.

– O unos días.- dijo Sara.

Se sentían satisfechos de haber logrado entrar. Aquel lugar les daba protección, así que se calmaron un poco sin olvidar a los locos y aprovecharon para conversar y olvidar el frío que estaban pasando.

– Kelly, ¿Llevas contigo aquel libro de “La puerta maldita” que nos empezaste a leer?- preguntó Cris.

– No, pero me lo leí y conozco el final.- contestó. ¿Queréis saberlo?

– Siiii. -gritaron Cris, Sara y Bob emocionados.

Jim y Joe se miraron mútuamente. Jim se encogió de hombros extendiendo las palmas de sus manos hacia arriba.

– No tengo ni idea de que están hablando, hermano.- le contestó Joe.

– Os lo voy a contar.- decía Kelly.- Mirad, me quedé por donde Hans y Jessica estaban en peligro ante el demonio. Pues la historia termina cuando Hans ofrece su alma a Dios, aparece un ángel que destruye al demonio y cierra la puerta para siempre o hasta que algún listillo vuelva a caer en la trampa.

– ¿Que pasó con Jessica?- Preguntó Sara.

– La enviaron a un manicomio por decir lo que había visto y sentido de cerca.

– ¿Crees que a nosotros nos creerán nuestra historia?- preguntó Bobby.

– Claro que sí.- contestó Cris.- Esto no es lo mismo, no hay nada sobrenatural.

– Excepto tú.- dijo Bob partiendose de la risa.

Todos comenzaron a reír a carcajadas e incluso a Cristian le fue contagiada.


LOS NIÑOS PERDIDOS. Capítulo 3º


EL ASESINO Y LA HUÍDA

Tras la sorpresa inicial de encontrarse con su campamento de bruces, se levantaron y adentraron con una sonrisa en sus cansados rostros. Su ojos brillaban victoriosos a pesar de las heridas, suciedad de tierra, sangre y demás. Todo cambió poco después cuando inspeccionaron el lugar y se dieron cuenta de algo muy extraño. Estaba vacío. En el campamento no había ni un alma. Era el primer día de apertura de principios de verano y quizás aún no habían llegado, pero al menos algún monitor para recibirlos debía de haber. Nada.

Las tiendas estaban montadas, a la entrada vieron una furgoneta azul con la pintura desconchada, pero allí solo había silencio y Joe decidió romperlo.

– ¿Entramos a una tienda? Necesito descansar. Tengo que dejar a Ed en alguna de ellas para tumbarlo y que se relaje un poco. Por cierto, ¿dónde está mi hermano?- Jim apareció de pronto de entre unos arbustos.- ¡Ah! Está aquí, no pasa nada. No te vuelvas a alejar, permaneceremos unidos.- Jim asintió.

Empezaron a sentir frío. Sara observó a su alrededor y vio un pozo de piedra antigua un poco más adelante. No cantaban ni los pájaros, aquel campamento le producía más bien escalofríos. Kelly se dispuso a repartir las asignaciones de las tiendas. En ellas ya se encontraban los sacos de dormir preparados y extendidos encima de una lona de plástico verde.

– Bob y Cristian en una tienda. Joe con Edgar y Sara, conmigo.

– ¿Y Jimmy?- preguntó Joe un poco molesto.

– Vaya, lo había olvidado, …mmm. Podría quedarse contigo y con Edgar.- contestó Kelly algo indecisa.

Entraron a las tiendas, pero no estaban cómodos allí dentro. Era pleno día, pero no fue el calor lo que les impedía descansar. Ellos tenían frío. Fue que al rato de poder conciliar el sueño, Edgar abrió los ojos y comenzó a gritar…

– ¡Socorro, socorro! ¡Me quieren matar! ¡Aaaaaaah! ¡Socorro!- soltaba manotazos y pataletas por donde podía. El sudor frío lo tenía embadurnado.-¡Socorroooooooo!

Joe se levantó del susto y cogió a Ed por los hombros. Jim también se despertó.

-Tranquilízate.-dijo.- Relájate, estamos contigo. Jim, ven  e intenta calmarlo, le está dando algún ataque. A lo mejor es fiebre.Voy a por Kelly a ver si sabe que podemos hacer.- Jim se acercó a Ed y le frotaba los brazos. Quería transmitirle toda la calma que pudiera. Joe salió de la tienda y corrió hacia la de Kelly asomando la cabeza. Sara se asustó.

– ¿Qué quieres, Joe?- preguntó Kelly bastante enojada.- ¿No puedes avisar antes de entrar de golpe?

– ¡Qué susto!- exclamó Sara.- Eres un pelmazo, ¡no dejas dormir a nadie con tu romance!

– No es eso. Es que Ed se ha puesto a gritar como un loco y a sudar como un caballo de carreras…

– ¡Dios mío!- gritó Kelly.-¡Tendrá la fiebre altísima! Eso le provoca alucinaciones.

– ¿Y ahora qué hacemos?- preguntó Joe asustado.

– Necesita frío,- contestó Kelly- mucho frío para que le baje la temperatura corporal…pero no tenemos hielo ni agua.

– ¡Si la tenemos!- dijo Sara. Kelly la miró y preguntó.

– ¿Dónde?

– Ahí fuera hay un pozo, tiene que tener agua. Lo he visto antes.

– Bien.- dijo Joe.- No perdamos más tiempo. Ed no puede esperar más.

Cogieron trapos y pañuelos que encontraron por allí, mientras Joe se acercó al pozo que Sara le había dicho. Efectivamente tenía agua y sacó un cubo lleno para llevarlo corriendo a la tienda junto a Edgar. Kelly ya se encontraba allí y metió un pañuelo en el cubo para empaparlo. Le fue aplicando agua fresquita por la nuca, la frente, el pecho, el cuello, la cabeza y el resto del cuerpo. Luego los demás se turnaron en hacerlo. Bob también se había despertado y ayudaba trayendo más cubos llenos de agua. Pasaron así prácticamente toda la noche y esperaban que tuviera resultados positivos. Allí no había forma de comunicarse con el exterior.

Por la mañana, los pequeños salieron a jugar e investigar la zona aún más. Joe y Kelly se quedaron en la tienda observando al muchacho enfermo. En algún momento, ambos fueron abrazados por Morfeo y quedaron dormidos. Ed despertó y se unió a los juegos. En una de esas, Bobby entró a la tienda para ver como estaban los mayores y los vio abrazados. Joe no llevaba camiseta y Kelly  vestía solo ropa interior.  Bobby tenía que anunciar esa noticia y fue con los demás a cuchichear sobre el asunto, entre risas.

– He visto a Kelly con Joe. Están desnudos.- dijo Bob.

– ¿Desnudos?- preguntó Sara, sorprendida.-Y eso que me dijo que era un tío estúpido…

– Pues ya ves lo estúpido que ha resultado para ella.- Todos se rieron.

– Eso no tiene ninguna gracia.- les interrumpió una voz adulta, justo detrás de ellos.- En este campamento no se permiten esos comportamientos lascivos y primarios.

Los chavales se dieron la vuelta para ver al hombre uniformado con gafas de sol, bigote y  los brazos en jarra sobre sus caderas. Era un monitor del campamento “Los * perdidos”. Apareció de la nada e interrumpió la conversación que tenían. Parecía que todos querían preguntar, pero no supieron qué. El hombre seguía hablando.

– Bueno, lo siento. ¡Bienvenidos! No he podido tener el placer de daros la bienvenida antes, pues no sabía que que ustedes llegaron aquí. Nadie más ha venido. Estamos arreglados.- Dio media vuelta y se fue hacia las tiendas.

A Bob se le pasaron muchas cosas por su mente tan imaginaria. Uno de esos pensamientos le hizo tanta gracia que se la tuvo que comentar a sus amigos en voz baja.

– He pensado que si este monitor fuera un asesino, ¿qué pasaría?

– ¿Cómo va a ser un asesino, Bob?- le contestó Cris.- ¿Estás loco? Desde luego que algunas veces tienes unas cosas…

– No, en serio. ¿No os parece extraño ese hombre?- preguntó Bob.

– Un poco raro si que es. Habla con demasiada educación.- dijo Cris.- Pero es el monitor, mira el logo de su camisa caqui. Oye, ¿dónde están Sara, Ed y Jim?

– Se fueron a jugar por allí. ¿Te vienes a ver que hay allí detrás del campamento?- preguntó Bobby.

– Vale, no hay nada mejor que hacer y este tio no ha propuesto ninguna de las actividades que venían en el programa. Vamos.

Más tarde se arrepintieron de ser tan curiosos. Pero ya sería tarde. Ajenos a ello, Sara, Jim y Ed estaban con sus cosas.

– No creo que consigas hacer fuego sin ningún mechero ni cerilla.- le decía Ed a Jim. Ya se encontraba muchísimo mejor de la fiebre que había pasado.

– Yo de tí no haría ninguna apuesta.- se reía Sara.

– ¿Por qué?

– Mira y verás, a mi me lo ha enseñado antes.

Jim cogió un trozo de cristal de alguna botella de cerveza y la alzó encima de unas hojas secas que había amontonado con unas ramillas que recogió por el suelo. Un rayo de luz se reflectaba del cristal hacia las hojas. A los pocos segundos, un humillo surgió entre las hojitas y el fuego se hizo real. Qué llamita más hermosa. Jim sonrió con satisfacción desafiante. Edgar quedó sorprendido y Sara seguía riendo sin parar.

Mientras tanto, Bob y Cristian subían un montículo de tierra para ver lo que había detrás del campamento. Sus ojos no creyeron lo que vieron.

-¿Qué es eso?- preguntó el pequeño.

Eran una veintena de personas muertas, tumbadas bocabajo repartidas en una gran extensión. La mayoría eran niños, por los tamaños de sus cuerpos. Quedaron perplejos.

– ¡Dios mío, no puede ser! ¡Tenemos que avisar a los demás! ¡Es un asesino!- exlamó Bobby.

– ¿Quién es el asesino?- preguntó Cris muy asustado.

– Ese hombre no es el monitor. Es el asesino. Los verdaderos monitores están allí.- y señaló entre los cadáveres.- Aquellos eran nuestros monitores.

– Hay dos con el uniforme de monitor, los demás son niños.  Esto es horrible, tenemos problemas.

– He contado veinte niños y dos adultos.

Cris estaba pálido como el papel.

– No puedo creerlo. ¿Cómo ha sido capaz de matar a toda esta gente a sangre fría?

– No lo sé. Quizás un psicópata no necesita un motivo.- opinó Bob.

– Avisemos a los otros de esta matanza. No quiero formar parte de este montón de cadáveres.- dijo Cris.

Con estas palabras, ambos corrieron hacia el campamento. Kelly se había despertado y se estaba paseando con Joe.

– ¡Kelly!- gritaron sus amigos.

– ¿Qué ocurre?- Joe la miró encogiendo los hombros. Los chicos los alcanzaron con exhausto y hablaban entrecortadamente.

– ¡Tenéis que ver lo que hay allí detrás!- dijo Cris.

– ¿Qué es lo que tenemos que ver?- preguntó Joe, un poco molesto porque le fastidiaran su momento con Kelly.

– Vosotros venid y veréis. Tenemos problemas.- le dijo Bob.

Los chicos guiaron a los “tortolitos” al lugar que parecía una fotografía sacada de la guerra. Lo que vieron tras el campamento, sus ojos no lo podían aceptar. Era inverosímil. ¿Cómo era posible? Apenas podían concebir aquella imagen y menos hablar en condiciones.

– ¿Qué…ha pasado? – se preguntó Kelly.La repugnancia hizo que su rostro se engurruñese.

– Madre del amor hermoso.- decía Joe.- No puede ser cierto lo que estoy viendo…¿cuántos son? 1,2,3,4,5,…

– Hay veintidós.- se adelantó Bob.- Veinte niños y dos monitores.

– ¿Quién habrá sido?- preguntó Kelly.

– El falso monitor.- contestó Bob.

– ¿De qué monitor hablas, Bobby?- preguntó Kelly.

– No hay tiempo ahora para explicaciones.-dijo Joe- Debemos huír lo antes posible. ¡Vámonos de aquí! Me está entrando angustia.El olor a carne podrida no es el mejor para los pulmones, ni nuestro sentido del olfato.

Los cuatro corrieron hacia el campamento como si la vida les fuera en ello (así era), estaban aterrados, así que sus corazones parecían latir a cien pulsaciones por minuto. Ninguno daba crédito aún a aquellos cadáveres que habían sido asesinados con “vete a saber qué”. Quizás fueron torturados, machacados, disparados, apuñalados, estrangulados…había miles de formas y posibilidades y Kelly no podía sacarlo de su cabeza.

Llegaron al lugar donde se encontraban jugando Ed, Jim y Sara.

– ¡Sara!- gritó Kelly.

Sara levantó la vista hacia ella y los miró. Venían corriendo con un terror marcado en la cara y ella no pudo evitar ser contagiada por ese miedo de que algo andaba mal. Muy mal.

De pronto, el monitor apareció a unos metros detrás de Sara, disparando una pistola. Sara se cayó al suelo, pero por suerte, no había sido alcanzada por la bala. Joe corrió más aún para ayudarla. La cogió en brazos y todos juntos huyeron de aquel psicópata.

– ¡Deteneos! ¡Malditos críos de mierda!- gritaba el monitor asesino.- ¡No corráis! ¡No os servirá de nada! ¡Las clases veraniegas solo acaban de comenzar!- El loco ser reía como un descosido mientras les perseguía con el arma en ristre. Comenzó a disparar sin mucho acierto con su pistola del calibre 22. Estaba de caza y esos mocosos eran su trofeo.

A la carrera, los chicos descubrieron ante ellos una brecha en el suelo. Era un río a unos cinco metros de profundidad y solo había un puente colgante visible desde allí. No sabían el peligro que les acechaba.

– ¡Mirad!-gritó Cris.-¡Un puente!

– ¡Vamos!- dijo Joe con Sara en brazos, parecía no encontrarse muy bien.

Todos se dirigieron al puente y Cristian fue el primero en cruzarlo. Después lo hizo Kelly. Joe y Ed también llegaron al otro lado, no se fijaban en como se tambaleaba aquel puente viejo. Sara miró hacia atrás para ver a su hermano.

En ese instante, se escucharon dos voces distintas que les gritaban desde el otro lado del río. Un río bastante bravo y salvaje, por cierto.

– ¡Quedaos quietos!- gritaron los dos hombres.

Eran el mismo monitor y otro gordinflón que se le unió. Levantaron sus armas y dispararon. El tablón que justamente Bob estaba pisando, se hizo añicos y se desprendió. Bobby perdió el equilibrio y sus pies pisaron el vacío. Su horror le permitió al menos agarrarse a otro de los tablones y quedó colgando. Jim se dio la vuelta y cogió las manos de Bob en el aire, en el instante que este perdía sus fuerzas para seguir sujeto al tablón.  Sara no dudó en volver a la mitad del puente para rescatar a su hermano y los asesinos estaban cada vez más cerca.

– ¡No me soltéis! ¡Que no sé nadar!- gritaba Bob con desconcierto. Las aguas bravas de debajo le aterraban tanto o lo mismo que los asesinos que les pisaban los talones.

– No lo haremos, Bob.-le contestó su hermana y le sujetó de un brazo con más fuerza para intentar subirlo.

Joe se sintió impotente presenciando la escena, pues pensó que si se acercaba, moriría de un disparo. Se quedó igual de inmóvil que los otros que habían cruzado el puente. Sara y Jim estaban al límite de sus fuerzas. Uno de los asesinos volvió a disparar y tuvo tal suerte que provocó la rotura de unas cuerdas que hicieron caer a los tres amigos al río desde una considerable altura. Algunos tablones les acompañaron en la caída. Los gritos fueron ensordecedores. Como no tenían bastante, comenzaron a disparar al otro lado del río y estos huyeron de allí con las lágrimas abordando sus ojos.  Al poco consiguieron ocultarse tras unas rocas.

– He dejado que se cayeran.- dijo Joe.

– No es tu culpa.- replicó Cristian.- En realidad ha sido culpa del puente.

– ¿Del puente? ¿No tienes otro invento mejor para calmarme?- preguntó Joe, incrédulo.

– Pero es verdad.- volvió a repetir Cris, cogió un cartel hecho de madera del suelo- Aquí pone: NO CRUZAR EL PUENTE. MUY ANTIGUO. ¡PELIGRO DE MUERTE!

Al decir estas últimas palabras, quedaron en silencio mirándose los unos a los otros. Como los asesinos no daban señales de vida, decidieron entre todos bajar al río como fuera para ver si  encontraban a sus amigos y hermanos. Fue complicado bajar, pero por fin lo consiguieron y empezaron a gritar sus nombres. No obtenían respuesta alguna y las esperanzas de encontrarlos con vida se mermaban cada vez más. No sabían que solo habían pasado escasos minutos. Los segundos parecían horas, una búsqueda eterna.

Los asesinos no habían cesado en su empeño de perseguirlos, pero estos tenían otros problemas que querían solventar antes. Los nombres de estos engendros eran Rock y Jerry. Rock era el cabecilla, el falso monitor que se había presentado educadamente ante los chicos y Jerry era su cómplice, que a parte de sobrepeso, le faltaba algún hervor que otro. Digamos que la inteligencia no era su plato fuerte, no estoy seguro siquiera si conocía la palabra “inteligencia”. Se habían aprovisionado de municiones, otras armas y mochilas con materiales básicos de supervivencia. Jerry lo llevaba todo y así cruzaron el puente con cuidado, sobre todo en el punto en el que faltaban varios tablones. Bajaron por ese lado y acamparon junto al río en una parte desde la que sería difícil verlos.

Mientras los locos se acomodaban, los chicos seguían buscando y bajaron río abajo para ver si encontraban a sus amigos. Por suerte no tardaron en ver un cuerpo junto al río, unos cuantos metros más abajo. En cuanto lo divisaron, corrieron hacia el con la esperanza de que aún siguiese con vida.

– ¡Es Bobby!- gritó Kelly.- Cuando llegó hasta Bobby, se agachó y los demás les rodearon.- ¿Estás bien? Por Dios, dime algo.- Sus intentos de reanimarle eran en vano.

– Quitad de en medio.- dijo Joe.-Voy a hacerle el boca a boca. Necesito espacio, por favor.

Todos estaban mirando la función, pero los intentos de Joe también estaban resultando inútiles. Algunos estaban a punto de llorar, a otros ya ni les quedaban lágrimas, solo la cara de tonto que pone uno cuando no sabe que decir ni hacer. La esperanza se estaba esfumando cuando por fin Bob tosió. Vomitó medio río por esa boca, ¡cuánta agua había tragado el muchacho!

– ¡Estás vivo!- gritaron todos, casi a la vez.

– Muchas gracias por salvarme la vida.- consiguió decir Bobby, mirando a Joe.- ¿Dónde está mi hermana? ¿Y Jim?

– No lo sabemos.- contestó Cristian.

– Hemos estado buscando, pero de momento sólo te hemos encontrado a tí y eso ya es algo.- intervino Edgar.

Bobby se tocaba la frente y se frotaba los ojos, mientras se incorporaba. Los demás observaban sus movimientos, con miedo y atentos por si se cayera del esfuerzo.

– No puede ser.- decía Bob.- Este río es un infierno. Es como si te metieran en una lavadora gigante donde no dejas de dar vueltas y más vueltas. Vamos, peor que si una ola guapa te pilla en la orilla. Seguro que los otros siguen más abajo en el río. La corriente se los habrá llevado.

Kelly miró a Joe y le preguntó en voz baja.

– ¿Crees que pueden estar vivos?

– ¡Claro que pueden estarlo! ¡No seas tan pesimista!- le gritó Bob, que la había escuchado.

Se pusieron en marcha para seguir buscando. Ayudaron a Bob un poco. Cris le servía de apoyo. Los cinco amigos estaban algo desanimados, pues cada segundo que pasaba, hacía que la esperanza de encontrarlos con vida no fueran muchas. Algo más adelante, encontraron una barca de madera pequeña en la orilla.

– ¡Mirad! ¡Una barca!- dijo Ed al verla el primero.

Al fijarse, se dieron cuenta que en la mitad del río, había una roca extraña que se movía y enseguida reconocieron el pelo mojado de Sara. Tenía que tratarse de un milagro, pues ahí estaban Jim y Sara, agarrándose a la roca que estaba en medio de toda la espuma que producía el río al chocar contra la misma.

– ¿Cómo podremos llegar a ellos?- preguntó Kelly.

– En esa barca.- dijo, señalándola.- Cristian, deja a Bob y ven conmigo, anda.

Kelly los ayudó a llevar la barca al río. Era una barca vieja, pero aún tenía sus remos. Había que mantener la esperanza de que resistiría el baño en el río como en sus viejos tiempos. Joe y Cris se subieron a la barca y comenzaron a remar con fuerza. Luchando contra la corriente, que en este punto no era tan fuerte, como más arriba, a la altura del puente.

– Tened cuidado, por favor.- les pidió Kelly. Tras ella, Bob le hizo un pequeño comentario a Edgar.

– Cris estará muerto de miedo.-se río- Pero que valiente es. Mira como va a por mi hermana.- Ed le dio una palmetada en la espalda.

Se levantó un poco de aire y Kelly se llevó a los chicos a una gran grieta que había en la montaña. Ahí tendrían cobijo. Se sentaron y contemplaron el rescate desde allí.

En la barca, Joe le daba órdenes a Cris y este parecía que sabía lo que estaba haciendo. Los nervios son muy traicioneros.

– Cuando estemos cerca y yo te lo diga- decía Joe, que apenas se le podía oir con la furia del río.- Coges los dos remos, ¿vale?

– Muy bien, así lo haré.- contestó Cris, muy decidido.

Se acercaron más a la roca,donde Jim apenas podía ya sujetar a Sara. Joe dio su orden a Cris y éste cogió los remos pretendiendo mantener el control de la barca, pero no contaba con que el solo no tendría la fuerza suficiente. En el momento que Joe trincó a su hermano adoptivo y a Sara, metiéndolos en la barca, a Cris se le escaparon los remos de las manos. Ahora los cuatro estaban a merced de la corriente e iban río abajo descontroladamente. Al chico se le vino el mundo encima.

– ¡Cristian! ¡Tenías que haber tenido más cuidado!- le espetó Joe.

El muchacho agachó la cabeza, totalmente frustrado y sintiéndose inútil. Sara estaba tumbada, recuperándose y abrió los ojos para ver como el cielo daba vueltas. Ella y Jim estaban tiritando del frío.

Desde la grieta en la montaña, Bob se fijó en que algo estaba saliendo mal.

– ¡Han perdido los remos! ¡El río se los está llevando!

– ¿Cómo que no tienen remos?- preguntó Kelly bastante asustada.- Oh, es cierto.

– Hay que hacer algo, ¿no?- preguntó Edgar.

Ante esto, Kelly reaccionó y salió corriendo por la orilla del río para no perder la pista de la barca, que avanzaba demasiado rápido. Edgar ayudó a Bob para seguirla de cerca.

El pánico se había apoderado de los ocupantes de la barca, sobretodo cuando comenzó a llenarse de agua e intentaban ellos mismos sacarla de ahí con sus propias manos. Sara se levantó a duras penas para observar a su alrededor, pues aún estaba algo desorientada. El meneo de la barca y las vueltas que daba, no la ayudaban a estabilizarse.

– ¿Dónde estamos?- preguntó.

– ¡Estamos en una barca! ¡Descontrolados! ¡Vamos a morir por mi culpa!- gritaba Cristian en plan histérico.

-¿Quéeeeeeeeee?

Jim observó otra cosa más importante que se iban a encontrar más adelante. Se dirigió a los demás, moviendo la cabeza para negar y afirmar, a la misma vez, señaló hacia adelante, subió su mano derecha y luego la lanzó en picado para abajo. Su rostro representaba el terror más puro.

– ¿Qué haces?- preguntó su hermano.- No sé lo qué intentas decirme. Si es una tontería, no es el momento. Si te meas, méate encima.

Jim se acercó como pudo a Joe y le indicó que mirara hacia adelante. Mientras Sara y Cris estaban ocupados sacando el poco agua que podían de la barca, a Joe le cambió la cara. Ahora si podía ver lo que a Jim tanto le aterraba. La razón era una cascada.

En la orilla, los otros tres corrían tras ellos. Estaban un poco desanimados.

– ¡Estamos muertos, joder!- gritaba Bob.- ¡Nunca saldremos de aquí! Ni siquiera la guapa de mi hermana.

– Ya sabemos que tu hermana es muy guapa, pero no tienes que preocuparte ahora.- le decía Ed para animarle.

– ¿Que no me preocupe? Mi hermana y mis mejores amigos van a morir…-las lágrimas se le escapaban mientras corría.

– Venga, Bob,- le dijo Kelly- seguro que les damos alcance. Mírate a ti mismo, te has caído de un puente desde un puñado de metros, el río te ha dado un centrifugado y aún estás aquí, pero…

– Pero, ¿qué?

– Pero si hay algún otro peligro como un remolino o una casacada…

– ¡Qué ánimo le das al chico!- le replicó Ed.

– ¡Es que yo también estoy asustada!

En la barca, no cesaban en su empeño de intentar remar con los brazos, mientras otros sacaban agua. La cascada se acercaba cada vez más, ¿o era la barca que se acercaba a la cascada? En ese momento, poco importaba. El caso es que no podían hacer nada en absoluto. La orilla estaba demasiado alejada y la corriente era tan fuerte que los arrastraría igualmente. Se unieron en el centro de la barca para abrazarse y quedaron inmóviles del terror.

– Estamos acabados.- dijo Joe.

-¡Adiós mundo! – gritó Cris.

Los cuatro comenzaron a gritar cuando fueron engullidos por la cascada. Caían a una velocidad pasmosa y los gritos no cesaron ni un instante mientras lo hacían. Sus gritos se alzaron en eco por las montañas y llegaron a oídos de sus compañeros de tierra firme.

Los tres pararon en seco al escuchar los gritos desesperados de los demás. ¿Sería ya demasiado tarde?

-¿Qué habrá pasado? No quiero ni pensarlo.- dijo Kelly.

– Sabemos lo mismo que tú.- le dijo Ed.- Lo que es lo mismo a nada.

Se alarmaron al ver la cascada más adelante, pero se negaron a siquiera comentar algo referente a la muerte. Bajaron ese tramo con algo de escalada. Al principio, Edgar se mostró algo reticente a bajar, pero no tenía más remedio si no quería acabar solo ahí arriba.

– Bueno, si quieres morirte, quédate.- le dijo Bob.

Se ayudaron entre sí para bajar y vieron la barca bocabajo dando vueltas en el remolino que forma la cascada en la base, donde cae de pleno tras el tremendo salto. Ese tramo del río era más corto y acababa en otra cascada, otra pendiente aún más pendiente para poder bajarla.

– Ahí tienen que estar.- dijo Edgar.

– Tschhhhhhhhhhhhhhh!- mandó a callar Kelly a los chicos y se los llevó para esconderse tras unas rocas grandes. Tras el susto, Kelly les explicó el porqué de aquello.- Nos habíamos olvidado de los asesinos…están ahí enfrente.

– ¿Qué vamos a hacer?- preguntó Bob.

– Aún no lo sé. Dame un minuto, o dos.

Observaron como los dos asesinos venían a buscarles. Kelly estaba segura de que querían matarlos a todos ellos para que no quedara ningún testigo de la masacre del campamento. Los dos psicópatas se acercaron más  y se sentaron justo al otro lado de las rocas dond ellos se encontraban escondidos. Estos casi ni respiraban, pero al menos de momento, no se habían dado cuenta de su presencia. Los niños pudieron escuchar su conversación perfectamente.

– Tenemos que encontrarlos.-dijo Rock.

– Ay, ¿a quién?- preguntó Jerry.

– ¡A los niños, idiota!- le gritó, a la vez que le pegaba con la palma abierta en la nuca del otro. Masticaba un chicle de menta.- No podemos dejar que se nos escapen. No pueden salir de este valle y no pueden andar tan lejos de aquí.

– ¿Quién no puede andar tan lejos?

– ¡Eres un completo imbécil! ¡Vaya compinche de mierda! ¡A los siete niños! A ellos debemos encontrar y matar, ¿recuerdas?- Todo esto se lo dijo a Jerry a gritos al oído.

– Me has hecho daño en mi oreja.- dijo Jerry frotándosela.

– ¡Qué lástima me das! ¡Me das tanta lástima que te metería un tiro en la nuca para que no te tuvieras que quejar más!

– Qué bueno eres, Rock. A veces me sorprendes.- dijo Jerry muy feliz.

– ¡No soy Rock! Soy…bueno, no importa cual sea mi nombre verdadero. Pero nunca seré lo que tu digas. ¿Entiendes eso?

– No del todo…- le contestó el otro con cara de tonto, la única que tiene, pero esta, super-especialmente tonta.

– Si es que eres un idiota. Vamos a seguir con la búsqueda de esos críos asquerosos.- a Bob se le escapó un pedo y los otros dos le miraron aterrorizados. El pequeño puso cara de “no pude evitarlo”.

– ¿Qué ha sido eso?- preguntó Jerry.

Rock también lo había escuchado, por supuesto y se levantó para rodear las rocas. El ruído había venido de ahí atrás. Kelly se levantó y sorprendió a Rock con un puñetazo en toda la cara. Éste quedó, momentáneamente, noqueado en el suelo. Kelly cogió a Bob de la mano y sin avisarle, se tiraron desde lo alto, al río por la segunda cascada. Ed les había seguido, pero se detuvo al ver la altura de la que se habían tirado sus nuevos amigos. Desde arriba, los vio emerger del agua sanos y salvos. Escuchó un ruído y vio a Jerry, que miraba a su jefe tumbado en el suelo y luego a él directamente. Ed pensó que no sería tan difícil distraer a ese tonto.

– Hola. – le dijo.

– Hola. ¿Quién eres? ¿No serás uno de esos niños?- le preguntó Jerry.

– No. Yo soy…soy…

– ¿Quién?

– ¡Soy Macauly Culkin! ¡Estoy de vacaciones!- contestó Ed, sintiéndose más tonto que la persona que tenía delante. (¿De verdad no se me ocurría otra cosa? Estoy muerto desde ya.-pensó)

– ¿Me podrías hacer un autógrafo?- le preguntó Jerry algo nervioso y con una gran sonrisa.

– Eeehm…- Esto si que no lo esperaba.- Por supuesto, ¿tienes papel y bolígrafo?

– Sí, sí, sí. Toma.- y le extendió un papel arrugado con un bolígrafo que se había sacado de la riñonera del año catapúm. Edgar lo cogió y consiguió hacer una falsa firma del actor y se la devolvió. Su mano le temblaba y el esperaba que el idiota no se diera cuenta.

– ¡Gracias! ¿Sabes qué? Mi película favorita es una en la que sales con Elijah Wood…eras un asesino y querías matar a tu hermana, como yo.- Y estalló en risas. Ed sintió escalofríos.

– ¿Como tú?

– Sí, claro. Yo soy un asesino.

– ¿Por qué? ¿A quien has matado?

–  Me han dejado matar a cinco niños. Pues porque sí. Igual que tu mataste a tu hermano y querías matar a tu primo de sangre. Por el mismo motivo. Porque si.

– Aquello es solo una película, ¿no entiendes que es ficción? Bueno, no importa. Yo tengo prisa, me están esperando.- Se dio la vuelta.

– ¡No irás a ningún sitio!- Le gritó Rock, que ya se había levantado y Ed ni se había dado cuenta.Le apuntaba con la pistola a la cabeza.- Vas a dar un último salto. Un “puenting” sin cuerdas, ni arneses, ni sesos.

Edgar estaba aterrorizado, se le heló la sangre. Desde luego que se le quitarían todas las ganas de reírse de un deficiente mental. Sobretodo de los psicopáticos.

Joe estaba sentado con Sara, Cristian y Jim, que después de haber conseguido salir de ese infierno de río., no se explicaban como  habían salido con vida. Se estaban recuperando de la experiencia de haber caído por las dos cascadas. El sol les daba de pleno en la cara y su calor, les ayudaba a secarse rápido. Observando el río, mientras su mente recorría otros derroteros vio de pronto algo moverse en medio.

– ¿Kelly? ¿Bob?- Joe no sabía si era una ilusión óptica o se trataba de algo real.- ¿Son ellos?

– ¿Mi hermano? ¿Dónde?- preguntó Sara, mirando al fluvial, su expresión triste y cansada, se iluminó de emoción.- ¡Son ellos! ¡Sí, son ellos!- La niña se volvió hacia Joe.- ¡Sálvalos, por favor!

Joe no dudó ni un instante en levantarse a la carrera para zambullirse en el agua. Bob y Kelly venían nadando por sí mismos, pero no muy rectos hacia la orilla, por culpa del mareo. Llegó hasta los “náufragos” y les ayudó a salir. Cuando ya los sacó del agua, Sara se lanzó hacia su hermano como una loca y se lo comía a besos. Joe también abrazó a Kelly, pero los otros se quedaron anodadados contemplando la escena. Había una duda que tenían que resolver.

– ¿Dónde está Edgar?- preguntó Joe. La interrogada alzó su mirada brillosa, se echó las manos a la cabeza y contestó.

– No lo sé (tosiendo), pensaba que saltó detrás nuestra, pero no me fijé. De verdad que lo siento. Me pudo el miedo.

– Pero, ¿qué ha pasado?

– Nos hemos encontrado con los asesinos. Están por ahí arriba.- contestó Bob, adelantándose a ella.

– Supongo que lo habrán secuestrado, pero no quiero ni pensarlo. Espero que haya huído por otro lado.- dijo Kelly.

– ¡Mala suerte!- gritó una voz desde lo alto.

Las miradas de los chicos se levantaron a lo alto y se asustaron de lo que vieron. Eran los asesinos. Rock sostenía con su mano izquierda a Edgar por un tobillo, dejándolo colgado al filo del abismo, junto a la cascada. Jerry miraba a los niños, jugaba con su pistola y movía su lengua de un lado a otro por fuera de la boca.

– Lo soltaré.- dijo Rock.

– ¡No, por favor!- suplicaba Ed en el aire y cabizbajo. Desde abajo, los muchachos se unieron a sus súplicas desesperadas.

– ¡Sí lo hará!- gritó Jerry entre risas.- ¡Lo soltará y sus sesos se desparramarán por todos lados!- Rock le miró con un profundo odio. Uno que no pudo guardarse.

– ¡¿Cuántas veces he de decirte que no me interrumpas cuando me estoy divirtiendo?! Ahora tengo que hacer algo diferente y original.

Con estas palabras, un semblante frío y satisfactorio, apuntó a la cara de Edgar (que no pudo más que gritar) y apretó el gatillo. ¡PANG!¡Qué horror! Le voló la cara, la masa gris de Ed salió disparada por detrás de su cabeza que se abrió cual flor salvaje y lo arrojó al vacío.

– ¡No huyáis, pequeños cabrones!- gritó Rock.

Los niños quedaron estupefactos. Pero el susto no se acabó al ver como el cuerpo inerte de cabeza deforme caía al río, sino que enseguida, los locos se pusieron a disparar desde allí arriba. Aterrorizados, huyeron en dirección contraria, lo más lejos posible de las balas. Tenían que luchar por sus vidas. pues desgraciadamente, ya nada más podían hacer por Edgar.

Escrito por Luis M. Sabio


LOS NIÑOS PERDIDOS: Capítulo 2º


EL PERMISO

Siguieron cantando todo el camino de regreso y poco faltó para que Cristian se cayera de la bicicleta de Kelly, por culpa de un bache en el asfalto.

– ¡Qué nervios! Quiero saber ya lo que me dirán mis padres.- dijo Sara.

– Bueno…pues yo no creo que me dejen ir.-le contestó Kelly con cara de tristeza.

– ¿Por qué?- preguntó Cristian a sus espaldas.

– No sé, nunca tengo recursos económicos.

Cristian la observó desde su perspectiva, mirando su cabello rubio, recogido en dos trenzas. Entonces frunció el entrecejo.

– Eres muy pesimista, ¿sabes?

– Sí, quizás…¡Eh! Bob y Sara nos están dejando atrás. ¡Vamos a por ellos!- Kelly al decir esto, comenzó a pedalear más fuerte y los adelantó a todos, llegando juntos al pueblo. Tan apartado de la civilización, que nadie tenía un teléfono móvil, tablet, portátil, computadora o cualquier aparato electrónico, exceptuando algunos habitantes (total de población: 155) que disfrutaban de TV y teléfono fijo.

Cristian entró en su casa, donde solo le esperaba su madre. Le echó valor y le preguntó si podía ir mientras le extendía el folleto con el anuncio. Esta lo cogió y se sentó en el sofá para leerlo mejor. Cristian jamás había visto a su madre tan interesada por algo que el le pidiera o dijera, así que le pareció una situación extraña. Pero sin duda, le gustó. Dolly dejó el anuncio encima de la mesa y miró a su hijo, con unas enormes ojeras de cansancio.

– Espero que allí te den bien de comer.- le dijo.

– ¿Cómo?- preguntó Cristian estupefacto.- ¿Entonces puedo ir?

La reacción de su madre fue irse a la entrada de la casa para coger el bolso que tenía colgado, sacó su billetera y se acercó a su hijo para darselo. La mirada de Cristian se debatía entre su madre y el fajo de billetes que había en su mano. Una gran sonrisa se dibujó en su rostro y grito de alegría se le escapó al coger el dinero para su excursión.

– El autocar sale de sobre las diez de la noche, tendrás que preparar la maleta que no se hace sola. Que no se te olvide nada y llévate solo lo importante e imprescindible.

– ¡Wow!, gracias mamá.- le dio un abrazo y entre brincos dijo- Voy a ir a decírselo a los demás, no puedo esperar. Pero primero haré las maletas.- con esto, subió las escaleras hacia su habitación.

Mientras, en casa de Sara. Los dos hermanos no sabían como decírselo a su madre, que estaba fregando unos platos en esa cocina empapelada de flores, pero de alguna manera tenían que hacerlo.

-¿Mamá?- empezó Bob.

– ¿Qué quieres, hijo?- preguntó Kate desinteresadamente.

– ¡Mamá! Es que…mira.- le dijo extendiéndole el anuncio, extendiendo su mano y poniéndose de puntillas hasta casi pegarselo en la cara a su madre. Ella cerró el grifo y cogió el papel,  ni siquiera se preocupó por secarse las manos. Lo leyó. Vaya que si lo leyó ahí de pie con una mano apoyada en el fregadero. Sus ojos parecían encender las llamas de la furia cada vez más incontenida  y al final explotó.

– Ah, no puedo creerlo. Tú, tú, tú y tú. ¿A un campamento de verano vas a ir? Con la crisis que hay montada en casa, sólo piensas en tí. ¡Fantástico! Es una idea estupen…

– ¡Mamá!- gritó Sara para hacerse de notar que también estaba ahí.

– ¿Qué quieres? Estaba hablando con tu hermano muy seriamente. Es intolerable…

– ¡Yo también quiero ir al campamento!- la volvió a interrumpir Sara.

– ¿Al campamento? ¿Para qué?

– Sí, para pasarlo bien. Desconectar un poco con todo, conocer nuevos amigos, disfrutar de la naturaleza, aprender y esas cosas.

– Pero, Sara,..- comenzó a decir Kate. Pero su hija estalló.Algo maleducada hacia ella si que era, pues la interrumpía casi cada vez que hablaba.

– ¿Pero? Siempre hay “peros”, mamá. Estoy harta, cansada de siempre lo mismo.¿No sabes decir otra cosa? Hemos aprobado, ¿no nos merecemos unas mini vacaciones?

– Pues entonces mejor unas peras.-le contestó Kate.

– Tampoco quiero peras, solo quiero “pelas”.

– Si lo que quiero decir es si quieres unas peras para llevaroslas para el viaje en autocar. Siempre entra hambre en esos viajes.- su madre le dedicó una sonrisa y a ella le dio una vergüenza tremenda no haberse dado cuenta que su madre estaba interpretando un papel para engañarle y darles la sorpresa. Aquello alegró el corazón de los hermanos. Se fundieron los tres en un abrazo lleno de besos de agradecimiento y cariño.

– Gracias, mamá.¡Olvidé lo buena actriz que eres! Gracias.

Su madre le besó la frente a su hija. Bob y Sara subieron entusiasmados las escaleras para preparar las maletas del viaje. Qué ilusión.

En cambio, en casa de Kelly, las cosas no iban tan bien con la autorización de la excursión.

– Pero mamá, yo quiero ir.- le decía Kelly a su madre- ¿No tendrías algo para darme de lo que ahorras para más alcohol?

– Mira, nena. Ni quiero dártelo, (¡Ups!) ni me queda nada ya.- se rió y volvió a eructar. Así es como hablaba Sue a su hija y esta, claro, no pudo más y entró en cólera.

– ¡Eres una borracha!¡Nunca me prestas atención!¡Siempre te ha dado igual donde vaya! Y ahora…que es la única vez que te pido dinero para ello, no me lo das.- gritaba enojada, pero su rabia también hizo que unas lágrimas cayeran en cascada por su rostro. Esas lágrimas no producían ningún efecto en sentir lástima hacia ella por parte de Sue. En vez de eso, se enzarazaron en una larga discusión que parecía infinita. En ella se mezclaron asuntos como la muerte de su padre, que nada o todo tenían que ver con el asunto. Desde luego, lo que estaba claro es que su madre no le iba a dar ni un duro. Se lo gastaría ella en sus botellas quitapenas. , encerrada en casa y comiendo nachos. Con la paga, Sue solo compraba alcohol y latas de conserva. Decía no tener ganas de cocinar y eso es lo que comía Kelly. Se indignó muchísimo, así que decidió largarse por un momento de casa y llevarse sus lágrimas a otro sitio. Se encontró de frente con sus amigos, que al parecer iban en su busca.

– ¿Qué te pasa, Kel?- preguntó Bobby, preocupado por la cara que esta tenía. Ella se limitó a mirarles y decir:

– Dejadme en paz. No estoy de humor ahora…no puedo ir al campamento.

– ¿Cómo que no vas a ir?- preguntó Cristian con una sonrisa. Kelly no entendía nada, a veces los niños la desquiciaban con sus explicaciones, pero lo sobrellevaba muy bien.- Sabíamos que tu madre no te iba a dar dinero y menos para un viaje si no te lo da para comprarte una pulsera. Así que…

–  Pedimos el doble de dinero para pagar entre todos tu parte del viaje y no te lo pierdas.- terminó diciendo Sara.

– ¿Que vosotros, qué?- alucinó Kelly.

– Que pedimos el doble de dinero.- dijo Bob con entusiasmo.- Les dijimos que costaba casi el doble de lo que ponía en el folleto y nos lo han dado. Tenemos para pagar tu alojamiento y tu viaje. El resto del dinero que sobre, será para helados.

– ¿Habéis hecho todo eso por mí?- preguntó sorprendida.

– ¿Quién nos iba a contar las historietas mejor que tú?- preguntó Cristian.

Juntos se rieron a carcajadas y después Kelly se marchó a su casa para preparar su equipaje, que la hora se les echaba encima, pues estaba a punto de anochecer. Era una oportunidad de “Lo tomas o lo dejas”, superoferta de último minuto,…estaba deseosa, necesitaba relax. La tristeza que sintió se había esfumado totalmente de su mente.

UN VIAJE ACCIDENTADO

El momento de partir llegó y Kelly se despidió de su madre pidiendo que se cuidara. Cristian también se despidió de sus padres regalando un abrazo a cada uno, pero no pudo reprimir su ansiedad por el viaje. Tom, el padre de Bob y Sara había decidido llevar a los chicos hasta la estación de autobuses de dónde partirían hasta el campamento. Los dos hermanos besaron a su madre y corrieron hasta el coche con un entusiasmo tremendo.

La verdad es que Kate, aprovechando la marcha de sus hijos, había planeado de ir con Tom a un lugar de playas exóticas, pues desde su luna de miel, no habían realizado ningún viaje ellos dos solos. Vio la oportunidad y no pensaba desaprovecharla.

– ¿No os habéis olvidado de nada?- preguntó.

– No.- contestó Sara desde la ventanilla del coche.

– ¡Os echaré de menos!- exclamó su madre.- ¡No os peleéis!

– Nosotros también te echaremos de menos. ¡Adiós, mamá!

– ¡Adiós! ¡Pasadlo bien!

Con estas palabras, el coche se puso en marcha. Kelly iba sentada en el asiento copiloto, junto a Tom y los chicos con Sara detrás. Kelly se había puesto una indumentaria cómoda, unos pantalones vaqueros, una camiseta pegada de manga corta con un chaleco negro encima y unas botas negras. Cristian llevaba unas bermudas de color caqui, una camiseta verde oscura y una riñonera marrón a la cintura. Bobby con camiseta blanca de propaganda con una camisa roja desabrochada encima y unos pantalones de verano color caqui también. Sara parecía que iba a alguna fiesta con un vestidito fresco de color blanco con unas botitas a juego, pero tenía pensado cambiarse en cuanto llegasen a su destino. No llevaban ni cinco minutos de trayecto, cuando Bob empezó a chinchar a su hermana.

– ¡Vaya coleta que te has hecho hoy! Jajaja- y le dio un tirón de la misma mientras lo decía.

– ¡Déjame Bob! ¡Ay! ¡No me tires más de la coleta! Me estás haciendo daño.- se quejó Sara.

Tom miró hacia atrás por un momento y les regañó.

– ¡Niños, estaos quietos! ¿No os da vergüenza pelearos tanto siendo hermanos? Me parece increíble. Y Bob, juega a otra cosa, anda.

Cristian y Kelly no pudieron evitar reírse un poco de aquello. Para quitarle hierro al asunto, Kelly propuso cantar unas canciones, no sin antes preguntárselo a Tom. Lo último que quería era provocar ira o distracción al conductor. El repertorio de los últimos éxitos del mundo de la música empezó a ser la banda sonora dentro del vehículo. Tom conducía mirando atentamente a la carretera, siempre lo hacía, pero con tantos críos bajo su responsabilidad, aún más. Así fue durante media hora, turnándose para elegir canciones, hasta que acabaron la última.

– Venga Cristian, ahora te toca a tí de nuevo elegir.- dijo Bob.

– No.- replicó Tom.- Ya hemos llegado (y qué gusto le dio decir eso).

– Guachi.- dijo Sara.

– ¡Qué guay!- gritó Cristian.- ¡Por fin!

La euforia estalló dentro del “cuatro ruedas”. Se detuvieron y los amigos bajaron para coger sus cosas del maletero. Antes de marchars, Tom le dio algo de dinero a Kelly para que se compraran algo para el viaje en la cafetería de la estación. Después de eso, se despidió y se marchó desapareciendo por la carretera.

Compraron los billetes, unos dulces y agua para el camino. Luego buscaron el dársena 7, que era el de su autocar. Al llegar, los niños se quedaron contemplando al que iba a ser su conductor. Era fuerte, robusto, alto e iba vestido con su uniforme de colores azul marino oscuro y camisa blanca. El logotipo de su empresa sobre su pecho izquierdo,el cigarrillo en su mano derecha y el humo casi ocultando su rostro que portaba unas gafas de sol de las buenas. Aún no era su hora, pero quedaba poco y el conductor, con una gran sonrisa, tiró su cigarrillo y abrió el compartimento para que los viajeros guardasen sus equipajes. Cristian sacó unos trompos de su riñonera y se puso a jugar con Bob ahí mismo. Había mas chicos esperando. Tanto sentados como de pie dando vueltas por los nervios.

– ¡Todos al autocar!- llamó el conductor a sus pasajeros.

Todos se pusieron en fila para subir por orden. Kelly no soltaba su mochila por nada. El autocar era muy amplio y habiendo tan poca gente, la comodidad iba a ser suprema pudiendo ir cambiándose de sitio durante el trayecto. Las puertas del autocar se cerraron.

Un chico rubio, alto y guapo que ocultaba sus ojos tras unas gafas de sol, se acercó a Kelly.

– ¿Cómo te llamas, guapa?- le preguntó quitándose las gafas para deslumbrar a la chica con unos enormes y bellos ojos azules.

– Y..yo?- preguntó ella, asombrándose de su timidez.

– Si, tú.- y le dedicó una sonrisa de dentadura perfecta. Sólo le faltó el típico destello en los dientes, como en los anuncios de pasta dental.

– Me llamo Kelly.- contestó más firmemente.- ¿Y tú?

– Kelly…¡qué nombre más bonito! Mi nombre es Joe. Encantado.- y se dieron los dos besos de presentación en las mejillas.

Ahí quedaron los dos conversando un poco más. Cristian no perdía el tiempo y hablaba con un chico que se llamaba Edgar, pero le gustaba más que le llamaran Ed, para abreviar. Morenito de piel y cabello, parecían tener muchos gustos en común y serían más o menos de la misma edad.

– ¿Te gustan las películas?- preguntó Ed.

– La verdad es que no he visto muchas, apenas veo alguna porque cuando no hay colegio, estoy todo el día fuera en la calle. Te aseguro que estar en mi casa es un auténtico infierno.

– Pues mi casa es todo lo contrario. Estoy todo el día dándole al ordenador y haciendo gimnasia para mantenerme en forma.Soy adoptado, ¿sabes? Mis padres murieron en un accidente de tráfico y una familia rica me acogieron en su casa. Pero antes de eso, tuve que pasarme dos años en un orfanato horroroso y asqueroso.

– ¡Wow! Si que te ha jodido la vida.- interrumpió Bobby, como casi siempre.

– ¿Quién es este?- preguntó Ed mirando a Cristian con la ceja izquierda levantada hasta la frente.

– Éste es mi pequeño amigo Bob.- contestó tranquilamente.

– ¿Sólo tienes a este como amigo?

– Sí, es el mejor. Pero tengo otras dos amigas que son buenísimas.

–  ¿Y cómo se llaman?

– Sara, que es la hermana de Bob y Kelly. Están sentadas por ahí delante.

-¿Cuántos años tienen?

– Sara, 14 y Kelly, 16.

– Qué raro, ¿no? Tú con 13 años y tienes amigos con esas edades.

Edgar se extrañó muchísimo, pero Cristian se rió y le contestó mirando a Bobby.

– Lo mismo que dicen que el amor no tiene barreras, la amistad tampoco entiende de edades.

Un niño se acercó, sentándose cerca de Ed y miraba fijamente a los dos amigos.

– ¿Quién es?- preguntó Bob.- Me da miedo su mirada.

– Es un amigo.- contestó Edgar- No puede hablar, es mudo.

– ¿De nacimiento?- preguntó Cristian.

– No, lo cierto es que lo traían mis padres para que durmiese en casa aquella noche…

– O sea, que el estuvo dentro del coche cuando ocurrió el accidente.- dijo Cristian.

– Así es. Yo creo que por el miedo que pasó con los golpes y vueltas del coche, no recuperó el habla.- contestó Ed muy triste.

– ¿Por qué no hablamos de otra cosa?- preguntó Bob.

-¿De qué quieres hablar Bibi?- preguntó Ed con algo de sorna.

– No me llames así. Me llamo Bob.

– Vale, perdón., Bob Bobby.- le contestó Ed con una sonrisa, mirando a Cris. Bob le miró con furia, pero nadie se dio cuenta que Jim, el mudo, también se le escapó una sonrisa.

– Ya en serio.- dijo Ed.- ¿Qué películas os gustan?

Todos se quedaron pensativos, pero cada uno dijo una película y así descubrieron sus gustos. A Bob le gustaba Parque Jurásico, a Cristian las de superhéroes y a Ed las de acción.

– Y a Jimmy, le gustan las película en blanco y negro del cine mudo. Ja ja ja.- bromeó Ed.

A Jim no le gustó esa broma, se le saltó una lágrima y agarró con furia a Edgar por el cuello de la camiseta. Le amenazó con su mirada, pero decidió dejarlo así y se sentó junto a Sara, a la ni siquiera conocía.

– ¡Te has pasado mogollón, tío!- le gritó Joe. Éste tragó saliva del susto, pero Kelly lo salvó de una reprimenda. Lo cogió de la mano y le dio un beso en la boca.

– ¡Vaya morreo!- saltó Bob.

– Eso os aseguro que no lo hace todos los días.- dijo Cristian. Los tres empezaron a reírse.

Sara miraba por la ventana los árboles y montañas, pero no perdía ojo del chico que se había sentado a su lado con cara de amargado. Tras pensarlo, decidió preguntar.

– ¿Cómo te llamas?

No tuvo éxito su intento de iniciar una conversación, ya que el niño la miró e intentó deletrear su nombre con la boca y gesticulando con las manos. Ella no entendió nada, así que volvió a mirar por la ventana. Jim quedó cabizbajo y frustrado.

A pesar de eso, al rato todos los chicos ( y las dos chicas) ,se conocieron. Hablaron incluso con el conductor, pero lo único que le sonsacaron fue su nombre. Bruce, se llamaba así. Todos volvieron a sentarse cuando este se hartó de preguntas y los mandó a tomar asiento.

Estaban cada cual a lo suyo, hablando tranquilamente cuando al conductor, por el cansancio, se le cerraron los ojos. El autocar perdió el control. La velocidad aumentó considerablemente al encontrarse en pendiente por una montaña. Todo iba cuesta abajo. Los gritos de los niños no tardaron en florecer. El autocar detuvo su marcha en seco, quedando al borde de una pendiente pronunciada. El pánico cundió.

– ¡Joe! ¿Qué vamos a hacer?- decía Sara desconcertada.

– ¡Calmaos! No os asustéis. No pasará nada. Intentaré abrir la puerta.- Se acercó, pero el conductor parecía desmayado más que dormido.  Habría sido un golpe de calor.

– Cuidado a ver si esto va a hacer que perdamos el equilibrio y caigamos.- la parte delantera del vehículo se inclinó hacia adelante.

– ¡Estamos perdido! ¡Acabados! ¡Adiós, vida!- Kelly hablaba sinsentido, estaba muy asustada. Joe se le acercó.

– Cariño, no te asustes. Yo te cuidaré hasta el final.- y la abrazó. De alguna manera tenía que simular que estaba aterrado también.

De pronto, Jimmy parecía haberse vuelto loco, se movía compulsivamente y señalaba al conductor. Joe corrió a ver lo que Jimmy le quería decir. Bruce se había puesto morado por momentos, estaba muerto, eso es lo que Jim le intentaba decir. El autocar comenzó a balancearse peligrosamente. Todos fueron corriendo a la parte trasera, pero ya era demasiado tarde.

El autocar finalmente cayó y empezó a dar vueltas cuesta abajo derribando los delgados árboles de la pendiente. En el interior todos gritaban. Los cristales se rompieron, los niños se cortaban y los asientos se salpicaban de sangre. El cadáver de Bruce cayó encima de Bob en una de las vueltas y el gritó aún más intentando apartarlo. Todo sucedió muy deprisa. El autocar se hacía pedazos por cada vuelta que daban y el mareo provocó los vómitos de algunos de ellos. Alguna rueda se desprendió adelantando al autocar y los chicos perdieron el conocimiento.

Por fin el autocar se detuvo bocabajo al chocar contra un árbol más robusto.  Los chicos quedaron tumbados de inconsciencia sobre el techo entre cristales y sangre.

Pasaron varios minutos hasta que Bob se reanimó. Tenía una herida muy fea encima de la ceja y varios arañazos y hematomas por el resto del cuerpo, pero no se había fracturado nada, lo importante es que seguía vivo. Buscó a los demás, que fueron despertando poco a poco.

– ¿Ed? ¿Te encuentras bien?- le preguntó Cristian, al que se le habían partido algunos dientes contra algún asiento. Por supuesto, todos estaban heridos, pero Edgar presentaba unas heridas horribles, cortes profundos, pero sobre todo en su muslo derecho. Ahí tenía una enorme raja de la que brotaba sangre sin parar inundando todo a su alrededor. A Cristian le entró el pánico nuevamente.

– ¡Edgar!- insistió en llamarlo, hasta que por fin este contestó (con una voz muy débil).

– Qué…

– Vamos, tenemos que salir de aquí.

Jimmy le miró negando con la cabeza .

-¿Por qué?- le preguntó Joe desesperado.1

En ese momento, Kelly, Sara, Bob,Ed y Cristian, se dieron cuenta de lo que Jim les pretendía decir. Empezaron a gritar al ver como un oso enorme se acercaba a ellos. Al escucharlos, el animal hizo un ruído extraño y se puso en pie delante del autocar volcado. Joe no tardó en cagarse de miedo y echarse atrás para alejarse de ese bicho. El oso comenzó a golpear el vehículo y todos volvieron a gritar de espanto.

– ¡Vamos a salir por las ventanas!- les gritó Joe.

Todos le hicieron caso y Joe ayudó a Ed a salir de allí para después echárselo al hombro. Esa pierna lo estaba poniendo perdido, pero en ese momento, lo único que importaba era huir de aquel oso. Corrieron mirando hacia atrás y vieron como el oso perdió el interés en ellos. A pesar de eso, vieron unas enormes rocas y se escondieron tras ellas.

Kelly ayudó a Joe con la herida de Edgar. Lo tumbaron en el suelo y Joe se sacó un pañuelo rojo que llevaba en el bolsillo trasero del pantalón para presionar la herida. Ella se quitó el cinturón y le hizo un torniquete por encima del muslo. Bob se quitó la camisa que llevaba desabrochada a petición de Joe para taparle la herida. A Sara pareció darle un ataque al presenciarlo.

– ¡No estamos aquí! ¡Estoy en casa, estoy en casa! ¡Nunca subí al autocar! ¡Quiero a mi mamá!

Joe se levantó y la cogió por los hombros para tratar de tranquilizarla. Su vestido estaba lleno de sangre y tierra. También había sufrido varios cortes y arañazos, pero ninguno de gravedad.

– Mamá me va a matar…-decía la niña.- No debí ponerme el vestido nuevo. ¡No!- Sara no conseguía tranquilizarse, los nervios no la dejaban. Su hermano se arrimó a ella.

– No creo que eso le importe a mamá.- le dijo Bob, que le corrían unos surcos de lágrimas mezclados con tierra y sangre por las mejillas.Además de la frente sudada y llena de porquería.- A ella lo único que le interesa es que volvamos a casa sanos y salvos.

Kelly volvió junto a Joe al autocar con cuidado para buscar su mochila y (¡gracias!) no tardaron en encontrarla. Regresaron detrás de las rocas con los demás y ella sacó su botiquín personal de la mochila. Curó como pudo a Ed y luego entre ella y Joe hicieron lo mismo con los demás y ellos mismos.

– También tengo unas agujas de costura e hilo.- dijo Kelly mirando a Joe.

– ¿Qué quieres decir con eso?

– Que le podriamos hacer unos puntos a Ed en el muslo para cerrar la herida.

– ¿Sabes hacer eso?

– Bueno, sólo lo he hecho sobre telas y ropa, pero creo que no tenemos más opciones por aquí.

– Bueno, dime qué quieres que haga.

– Desinfectaré la aguja con el alcohol, mientras tu le limpias la herida, ¿vale? Luego le agarras fuerte la pierna para que yo pueda intervenir.- Joe la miraba como un tonto embobado y asustado, pero reaccionaba rápido.- y tú Cristian sostendrás esta linterna (la sacó de su mochila) para alumbrar el muslo.

– De acuerdo.

Todos estuvieron atentos y nerviosos ante la “operación”. Sara se comía las uñas, Bob se rascaba la cabeza, Cristian se quedó inmóvil y Jim se dedicó a romper ramitas mientras observaba igual que el resto, con los ojos desorbitados.

Ed se quedó durmiendo, bueno, en realidad se desmayó al ver la aguja que sostenía Kelly en la mano con un hilo negro enebrado. Empezó a coser  el muslo y cuando acabó pareció no haberlo hecho nada mal. Se levantó.

– Hemos terminado, Joe.

– Lo has hecho muy bien, doctora.- le contestó.

Todos se pusieron muy contentos al ver que Ed abría los ojos tras dos horas de espera. Serían aproximadamente las cinco y media de la mañana.

– Gracias.- fue lo primero que dijo Ed mirando a Kelly.

– No hay de qué, tontín  Los amigos están para eso.

Rieron un largo rato, pero en algún momento, el sueño les venció a todos. Cristian se levantó de golpe.

– ¡Despertad! ¡Ya está amaneciendo!- con ese grito despertaron los demás.- Nos hemos dormido. Deberíamos buscar algún refugio para escondernos de los animales salvajes.

– Cristian tiene razón.-afirmó Joe.- Hay que encontrar algún refugio o algo buscando protección y ver si tienen teléfono. Tenemos que pedir ayuda y avisar del accidente por lo de Bruce y Ed.  Se levantaron todos y comenzaron la caminata por el bosque. No estaba muy verde ese bosque, parecía mas bien como si hubiera sufrido algún incendio no hace mucho. Caminaron en una dirección que desconocían, pues no sabían ni donde estaban.  Joe y Kelly mantenían la esperanza de poder descubrirlo pronto.

– Estoy cansado.- dijo Bobby.

– ¿Estás muy cansado?- le preguntó Joe detrás de el.- Qué lástima, yoo llevo a Ed a mis espaldas tres horas seguidas ya y…

Kelly cortó a  Joe en mitad de la frase.

-¡Mirad! ¡Ahí delante hay unas tiendas de campaña de color verde…¿Qué hora es?

– Son las ocho y cuarto de la mañana.- contestó Cristian. Sara les miró como una zombi.

– Bien chicos, ¡estamos salvados!- dijo Joe.

– ¡Bieeeeen!- gritaron todos a la vez y corrieron hacia el campamento. A Jim se le iluminó el rostro de felicidad. Al final llegaron y lo primero que hizo Joe fue dejar a Ed en el suelo. Éste se apoyó en su hombro, manteniéndose  con su pierna sana. Estaban todos muy agotados, pero se quedaron boquiabiertos cuando vieron el letrero de la entrada del campamento.

CAMPAMENTO DE VERANO

“LOS * PERDIDOS”

Escrito por Luis M. Sabio


LOS NIÑOS PERDIDOS. Capítulo 1º


Bueno, primero he de decir que esta “novela” la escribí hace más de 14 años y no se si en la actualidad podría gustar. Haré leves cambios en la misma, pero la narración será diferente a mi anterior historieta. Espero que os gusten las aventuras y disfrutéis como yo lo hice cuando la escribí siendo un niño. Gracias por vuestras visitas, siempre reconfortan y te hacen sentir que escribir este blog merece la pena.

Introducción

Un día, un grupo de amigos salieron de sus casas situadas en un pueblo, para jugar a la pelota. Eran cuatro; dos chicos y dos chicas. Tenían edades comprendidas entre los 11 y 16 años.

Ellos se llamaban Bob y Cristian. Bob tenía 11 años, siendo el menor del grupo y Cristian tenía 13 y era bastante listo, a veces. Ellas se llamaban Kelly, que era la mayor y después Sara, que tenía 14.

Si, tenían una diferencia de edad, pero si me preguntan cómo podrían tener tanta amistad, no lo sé. Quizás la personalidad de cada uno y que en un pueblo, pues eso, que es muy pequeño y casi todos se llevan bien.

Bob y Sara eran hermanos. Su padre se llamaba Tom, que era un hombre muy ocupado, abogado y carente de sentido del humor. Su madre, Kate era una mujer atractiva, simpática y graciosa, pero sobre todo una buena madre y ama de casa.

Cristian tenía unos padres aburridos en su opinión. Su padre, Bill, trabajaba en un taller mecánico. Los fines de semana iba con él para hacerle compañía. A su madre, Dolly, la veía como una gorda que no paraba de tragar, no le gustaba la limpieza en absoluto. Lo único que se le daba realmente bien era preparar comidas, desayunos abundantes y cenas deliciosas. Ellos nunca solían escuchar a su hijo y se evadían de los problemas personales de su hijo único.

Kelly sólo tenía una madre que se llamaba Sue. Sus padres se divoriciaron y a los dos meses, George, su padre, decidió suicidarse a base de píldoras y cayó por el balcón de un octavo piso. Aquella fue una época terrible para ella. Después, su madre comenzó a sentirse culpable y ahogaba sus penas en el alcohol. Kelly ya sabía las situaciones de la vida, que no siempre eran de color de rosa. Hacía todo lo posible por estudiar para en un futuro, poder optar a un trabajo digno. En el instituto, la odiaban por ser la empollona y en realidad, lo único que hacía era dedicar dos horas diarias al estudio y luego demostrar lo aprendido.
En fin, creo que ya he explicado de forma breve, suficiente información sobre sus familias y parte de sus vidas.
Bob, como ya dije, era el menor del grupo y le caracterizaban su timidez y su gran imaginación. Le llamaban Bobby. Su hermana Sara, en cambio, no era para nada tímida, participaba en el taller de teatro de su colegio, le gustaba cantar y bailaba en las fiestas del pueblo.

En este pequeño grupo, también se encontraba Cristian, un chico inteligente que aportaba sus opiniones y aceptaba consejos de la mano de Kelly. Tenía un carácter algo pesimista, pero por lo demás era un chico estupendo.

LA CASA DE CRISTIAN

Cada cual volvió a su casa, quedando a las tres de la tarde para volver a encontrarse. Sólo faltaba una hora y así podían seguir jugando, conversando y pasando un rato agradable en vez de acartonarse en el sofá ante la caja tonta. Cristian entró angustiado a su casa con ese olor a pescado frito que tan poca gracia le hacía. El era un chico muy delgado, por lo que su oronda madre le obligaba a comer y siempre que podía, le echaba el pescado al perro.

Su padre estaba sentado en la mesa, bastante sudoroso y sucio, comiendo con ansias, como si se tratase del último almuerzo. No es que tuviera ninguna prisa, sólo era una costumbre fea y desagradable de presenciar. Su madre se tragaba literalmente el pescado sin hacer aspavientos con las raspas (lo que entra ya saldrá, era su lema).

– Hijo, ¿qué piensas hacer cuando seas mayor?- le preguntó su padre con la boca llena de comida que se desbordaba y visitaba de nuevo la mesa. Él con algo de asco y congoja, le contestó:

– No lo sé. Aún no he pensado en ello.- y su madre le replicó.

– ¡¿Qué quieres que haga este desgraciado hijo mío?! Lo único que hace son tonterías. Porque mira, seguro que lo ponemos junto a un palillo y ni siquiera se le ve de lado. Además, no se notará la diferencia y en tan poco sitio no hay cabida para un buen cerebro que le deje pensar.- Cristian no conseguía enlazar qué tenía que ver su mente con su peso, pero era mejor no contestarle para llevarse un azote.

– Es verdad, hijo.-contestó su padre, pero le hizo un leve guiño de ojo a su hijo y éste le sonrió.- Debes comer algo más, pues el estrés del cole no debe quitarte el hambre.

Así fue como su padre detuvo aquella conversación tan estúpida que no habría soportado por mucho más tiempo. Sólo tenía 13 años y aún no tenía prisa por descubrir lo que iba a ser en el futuro. Miró al reloj que marcaba las tres y salió corriendo de la casa sin recoger su plato.  Dolly miró a su marido con enojo y dijo:

– ¿Cuándo aprenderá este niño?…¡Ay! ¡Me he quemado! -“Eso le pasa por tragona”, pensó su marido, y le entró la risa floja delante de su esposa…o ballena, Dolly.

-¿De qué te ríes? No le veo la gracia. – dijo esta.

– Pues yo sí.- contestó Bill sin poder dejar de reír.- Es que podrías soplar antes de engullir.

-¡No te burles de mí!- gritó Dolly bastante furiosa y se levantó para coger la tapa de la olla y golpear a su marido en un hombro.

– ¡Aaah! Me has hecho daño, ¡gordita!

– ¿Gorda yo? ¿A mi me dices eso? ¡No te lo consiento! ¡Eso no!

PLOF!

Le volvió a golpear el otro hombro a su marido.

– ¡Estás loca! ¡Asquerosa, gorda, foca! ¡Quiero el divorcio!- gritaba Bill.

– ¿El divorcio? ¡Yo si que te voy a dar divorcio, capullo ignorante!

Dentro de la casa de Cristian se formó un alboroto que se escuchaba en casi todo el vecindario, el cual, por supuesto ya estaba curado de espanto con esta familia, pues era el pan de cada día. La comidilla de las “marichachis”, la prensa rosa del barrio.

EL CAMPO Y LA CIUDAD

Cristian corrió mirando hacia atrás y chocó con Sara, que estaba hablando con su hermano Bob. Iban caminando hacia la casa de Cristian para recogerlo. Hablaban de comercio, una conversación un tanto extraña, pero para ellos no lo era.

– Perdón.-dijo Cristian

-No pasa nada, pero tienes que mirar más por dónde vas.- dijjo Sara.

– Oye.-dijo Bob- ¿Por qué no llamamos a Kelly y nos vamos al campo?- Bob y sus ideas de crío.

– ¿Qué campo?- preguntó Sara.

– Pues el que hay detrás de aquellos árboles que se ven al fondo,¿Verdad, Cristian?

– Sí, es cierto, pero me extraña que nunca lo hayas visitado.- contestó este.

– Pues no. Nunca he ido, así que no lo he visto. ¿Os parece buena idea?

– ¡Es increíble!- contestó Cristian entre risas.

– ¡Parad de reíros!- dijo Sara- Vamos a llamar a Kelly, que me habéis hecho sentir curiosidad por visitar el lugar.

Los tres seguían hablando mientras caminaban hacia la casa de Kelly. Cuando llegaron a ella, Bob subió las escaleras para tocar a la puerta, pero ésta se abrió antes para mostrar a Kelly preparada con una mochila.

– ¡Qué! ¿Nos vamos a dar una vuelta por ahí?- Bobby se quedó casi sin habla.

– Bueno, nosotros veníamos a preguntarte si nos íbamos al campo aquél.-dijo el peque señalando en dirección a su deseo.

– ¡Pues vamos allá!- exclamó Sara emocionada- ¿Llevas las cosas para comer y algo de lectura?- le preguntó a Kelly.

– Por supuesto, ¿Cómo no iba a llevar yo las cosas?- dijo Kelly con una radiante sonrisa y una pizca de burla.

Mientras caminaban hacia el campo, Kelly hablaba con Sara sobre problemas de chicos…

– Bueno, tu no tienes que preocuparte por nada de eso, aún eres joven, son unos estúpido incontrolables, ¿sabes? En verdad yo tampoco los entiendo muy bien. En el instituto todos me insultan sólo por ser más lista que ellos. Son unos envidiosos.

– Sí, pero tu misma dices que son estúpidos.- Cristian las  miró con enfado.- Bueno, algunos chicos, pero como digo, algunos. No todos tienen porqué serlo. Ni el chico que me gusta, ¿no?

– No tiene que ser estúpido ese chico precisamente, pero si quieres una relación seria, tienes que andarte con cuidado porque se te das la vuelta, los toros se pueden asomar.- contestó Kelly.

-¿Los toros? ¿Qué tienen que ver en el amor?

– Me refiero a los cuernos, a la infidelidad, que más da como lo expreses.

– ¡Ah,vale! Ya sé lo que quieres decir. Lo de que mientras sale conmigo, se va también con otra chica a mis espaldas.

– ¡Exacto! De tonta no tienes ni un pelo. Eso es más normal de lo que puedas suponer, pero ya tendrás tiempo de averiguarlo.

Los chicos, en vez de eso, iban a otro rollo totalmente distinto.

– ¿Hacemos una carrera?- preguntó Cristian.

– Vale, pero llegaré al campo antes que tu, seguro.- le contestó Bobby.

– No estés tan seguro, pequeñajo..- y Bob comenzó a correr- ¡Eh! ¡Eso no vale!- y corrió tras él.

– ¡Todo vale en esta vida, Crisi!

-¡No vuelvas a llamarme así!- le gritaba Cristian, que apenas podía alcanzarlo. Bob era como una mini-avestruz.

Las chicas también se apuntaron a la pequeña carrera y cuando llegaron, Kelly sacó de su mochila  un mantel bastante grande que extendió sobre la hierba bañada de rocío. Cristian la ayudó a extenderlo y a poner las cosas de la merienda en medio. Cerca de ahí había un pequeño lago y Bobby se entretuvo en tirar piedras planas  sobre el agua.

– ¿Qué libro has traído hoy?- preguntó Sara con algo de impaciencia.

– Uno con historias de miedo. Se titula “La puerta de Mal”.- contestó Kelly.

– Yupiii, tiene que ser una historia de pu…- comenzó Bob.

– ¡Calla! No hace falta que digas palabrotas.- le cortó Cristian.

– Perdón, se me escapaba. A veces no puedo evitarlo, me vienen solas.- se avergonzó un poquito.- ¿Y si luego nos bañamos en el lago? Hace mucho calor y podemos bucear y nadar y jugar.

-¡Bob!- le gritó Sarita.

– ¿Qué?- contestó Bob algo asustado.

– Déjate de fantasías ahora y vamos a escuchar la historia que ha traído Kelly.

Su hermano le hizo caso y Kelly tomó la palabra empezando a leer el libro de miedo en voz alta poniendo cara de situación entreteniendo a su fervoroso “público”.

– (…) y Hans cogió la cruz y se la puso en la cara a aquel demonio nocturno. Jessica lloraba y gritaba buscando alguna solución para cerrar esa maldita puerta. Hans hizo retroceder al ser demoníaco. Sus dientes eran afilados y seguro que le desgarrarían la piel si se decidiera…

– ¿Cómo?- Preguntó Bob bastante inquieto.

– Que no voy a seguir, ya he leído bastante por hoy. Dejaremos algo para otro día.

– ¿Por qué?- preguntaron sus amiguitos al unísono. En realidad ella se sentía como una canguro, pero estaba encantada con ello.

– Pues porque el libro es mío y ahora me apetece ir en bici a la ciudad. Además, ya ha pasado casi media hora y tenemos que comernos todos estos deliciosos sándwiches.

– Bueno, genial.- comenzó a decir Bobby- Pero mañana nos sigues contando esta historia que está de put…

– ¿Otra vez, Bob?- le regañó su hermana- ¿Otra vez tengo que decirte que no digas palabrotas?

– ÑAM, ÑAM. Perdona, pero es que no tengo otra cosa que decir.

Todos comenzaron a reír a carcajada limpia. Acabaron de tomarse la merienda y recogieron sus bártulos con emoción por la excursión en bicicleta que Kelly había planeado improvisadamente. Cristian no tenía bicicleta, pero iría de paquete con Kelly.

Fueron a sus casas para pedirles permiso a sus respectivos padres y tras recibir su bendición con el típico “tened cuidado”, salieron con sus bicicletas a realizar su pequeño viaje.

– ¡Vamos allá!- gritaba Bob- ¡A la gran ciudad!

– Y porque es tímido, si no llega a serlo, vete a saber…se ha enterado medio pueblo.-se burló Cristian.

– ¡Calla ya, Crisi!- le espetó el pequeño. Cristian se rió.

Iban por el camino cantando y gritando de alegría hasta llegar a la ciudad. No todos los días iban hasta allí y tenían la tranquilidad de que al día siguiente no había obligaciones con los estudios, pues las vacaciones habían comenzado y las notas del curso ya no les preocupaban porque habían sacado unas notas estupendas. Todos “sobresalían”, aunque Kelly había sacado un Bien en Matemáticas, pero estaba más que aprobada. Ya tendría tiempo de subir la nota.

Llegaron a la ciudad y se relamieron los labios con las golosinas de los escaparates con sus chocolates, bollerías, pasteles y caramelos. Lo cierto es que aquel día no había apenas tráfico, así que pedaleaban por mitad de las carreteras cuando de pronto les llamó la atención un hombre ataviado con una gabardina que estaba repartiendo unos folletos a los viandantes. La curiosidad les pudo y decidieron acercarse para obtener uno de esos anuncios.

Aparcaron sus bicis un poco más adelante y Cristian empezó a leerlo para que los demás lo oyesen (Como si no supieran leer los demás)

– Campamento de verano “Los * Perdidos”. Éste verano vais a pasarlo bien. Dejad viajar a vuestros hijos e hijas y jamás volverán igual. Una experiencia única de diversión y conocer nuevos amigos que nunca olvidarás. Éste precio incluye alojamiento y todo el equipamiento necesario para las sorprendentes actividades que se realizarán. Excursiones de senderismo, aventuras sin igual, deportes, acampadas en la montaña. Diversión total garantizada. Vengan a “Los * Perdidos” y nunca lo olvidarán. Estancia para esta temporada de verano. Proyecto con novedades sin precedentes…- Cristian levantó su mirada del folleto.- ¡Ésto es genial!

Los cuatro se miraron sorprendidos con unas sonrisas que delataban sus ilusiones, así  que cogieron sus bicicletas y regresaron al pueblo.

– ¡Al campamento de verano “Los * Perdidos”!- gritó Bobby. Los demás le miraron y Kelly movió su cabeza de un lado a otro sin perder su bella sonrisa.

– No tenéis remedio, chicos.- dijo.

Pedalearon entonando una canción: ¡Al campamento! ¡Al campamento! ¡Oe, oe, oe! ¡Al campamento, al campamento, oe, oe, oe!- agitaban una mano con el puño al aire y toda la gente que se cruzaban se les quedaban mirando como si fueran bichos raros, pero a ellos no les importaba, pues estaban en su mundo, con la esperanza de poder disfrutar de aquella experiencia única y Kelly disfrutaba con verlos tan felices.

 

 

Escrito por Luis M. Sabio