Matando moscas con el rabo

Archivo para enero, 2016

“Se Acabó”


Un día normal en la clase de un instituto, los jóvenes alumnos se encuentran de pie hablando, otros sentados muy modositos, un chaval estaba escribiendo tonterías en la pizarra y el típico grupito reunido en clase con dos mesas y algunos estaba sentados encima de éstas. Un chico entró de pronto en clase y captó la atención de todas las miradas.

– ¡Ya estoy aquí!- anunció Ruben.

Los demás le saludaron efusivamente, como si Dios hubiera entrado a clase. Se acercó a ellos, chocaron las manos y se palmearon la espalda. Estaban contentos de su llegada, ¿pero lo estarían todos?

Un muchacho del grupo, Jaime, le miró y preguntó:

– ¿Qué te pasa hoy? Estás como loco perdido, tío.

– ¿Y cuando no es Pascua?- murmuraron Alfredo y Pablo entre risas.

– ¿Qué toca ahora?- preguntó Ruben, más bien para hacer caso omiso de esos comentarios.

– Tenemos Lenguaje con “La Moco”.-contestó Alfredo.

– ¡Ja, ja! Le voy a gastar una broma.-dijo Ruben.

– ¿Qué clase de broma?- preguntó Pablo.

– Ya veréis.-sonrió- Se va a cagar. Me voy a meter en el armario y en mitad de clase voy a abrir dando un grito. Se va a dar un susto de muerte.

Los demás se miraron, movieron sus cabezas de un lado a otro, sin poder evitar reírse.

– Tío…¡qué puntazo! ¡Es una pedazo de idea, joder! -exclamó Alfredo.

– Se le van a caer todos los mocos, antes de pegarlos en la pizarra.- dijo Pablo.

El grupito empezó a reírse por la “hazaña” que su amigo estaba a punto de llevar a cabo. Rubén se introdujo en el armario empotrado de clase. Sus blancas puertas eran corredizas. Mientras se acomodaba, Jaime no paraba de charlar y elogiarle.

– Cuando “La Moco” se calle y oigas todo en silencio, abres dando un portazo. ¿ Vale?

– Que sí. Cierra ya, huevo.

-Eres la caña, tío.

Jaime cerró la puerta y Rubén miró a su alrededor. La luz que entraba era mas bien escasa. Escuchó a su profesora saludar, pero con mal genio y una voz algo distinta de lo habitual. Se comenzaron a escuchar ruidos extraños y otras personas entraron en clase. Rubén contuvo su respiración inconscientemente.

Oía gritos de sus compañeros. Pedían auxilio y la voz de Pablo penetró en su mente: “No salgas de donde estás.”

Sillas y mesas parecían ser lanzadas por el aire. Causaban un gran estruendo contra las paredes, el techo y los armarios. Rubén estaba debatiéndose entre dos dilemas: cagarse encima o llorar. Su respiración aceleraba a un ritmo frenético y sentía un calor asfixiante. Miraba a su alrededor angustiado sin saber qué hacer. Estuvo así un buen rato, hasta que de pronto, todo quedó en el silencio más absoluto.

Rubén respiró profundamente y decidió abrir el armario, pero procurando no hacer mucho ruido.

– Dios…¿qué coño ha pasado aquí?

El mobiliario de clase eran un montón de astillas y metales retorcidos esparcidos por todas partes. No había nadie, pero al menos no vió rastro de mucha sangre.

Salió del aula con mucho sigilo y la lentitud de un camaleón. El pasillo estaba vacío y el chirrido que provocaban las bisagras de las puertas de las demás clases, le hicieron sentir escalofríos a la vez que una gran gota de sudor le bajaba por la columna. Siguió avanzando, llegó a la siguiente esquina que daba a otro pasillo más largo y se detuvo para asomarse.

Se sorprendió al ver que al fondo, apoyada contra la pared y sentada en el suelo, se encontraba una chica morena y bajita.

Decidió acercarse a ella. Vio que estaba cabizbaja con la frente apoyada en sus manos.

– Oye…¿qué ha pasado?

La chica lo miró aterrorizada.Parecía haberse quedado sin voz y su rostro lo tenía desencajado.

– ¿Qué quieres?- titubeó.

– ¿Qué te pasa? ¿Estás bien?- Rubén se agachó y extendió su mano para ayudarla a levantarse.

– ¡¡No me toques!!- la chica se zafó con un veloz movimiento al estilo croqueta lateral, dio un brinco y se fue corriendo escaleras abajo.

–  ¡¿A dónde vas?! – le preguntó mientras le seguía- ¿Por qué sales corriendo?

– ¡Porque quieres comerme!-respondió la chica medio ahogándose. Rubén paró en seco.

– ¿Pero de qué coño estás hablando?

La chica se detuvo en un quinto escalón al escucharlo, lo miró y dijo:

– No eres uno de ellos.

– ¿Uno de quienes?- preguntó a pocos escalones de ella.

– De los que nos devoran.

– ¿Te has vuelto loca?

– No me he vuelto loca, gilipollas.-le le espetó.- Que no te enteras de nada. Nos han invadido. No existían solo en las películas…¡son de verdad! Poseen cuerpos y devoran a los demás.

– ¿Extraterrestres? Perdona…emmm,¿cómo te llamas?

– Me llamo Rosa.

– Rosa, eso es imposible.

– Nada es imposible ya, se acerca el fin y han comenzado por este instituto.-sollozó- Si no me crees, ven y te lo mostraré.

Rubén asintió y la siguió escaleras abajo hasta la primera planta. Rosa señaló hacia la puerta del salón de actos.

– Ahí están. Ahí dentro…¿no los escuchas morder?

Rubén miró hacia la puerta como si se tratara del pasillo de “El Resplandor”con un plano de Hitchcock. La puerta se acercaba y alejaba ante sus retinas. De súbito, su mente prendió una chispa, sonrió y…

– Por favor, por poco me lo creo. ¿ Que pretendíais? ¿Darme de probar un poquito de mi propia medicina? Je, je.

Rosa lo miró un instante en silencio y sin parpadear.

– No eres tan gracioso…abre la puerta y verás.

Rubén se acercó vacilante, mientras Rosa se escondía tras una columna, temblando y mirando de soslayo. El puso su mano sobre el pomo y giró tirando fuerte.

Lo que presenció, le dejó petrificado. Sus ojos se desorbitados más que al chico de “La Naranja Mecánica”.

El salón de actos estaba lleno de alumnos que estaban sentados en las sillas, mirando el mármol del suelo. A la derecha, encima del escenario contempló en directo como unos alumnos se comían a otros. Era horrible ver como la sangre de sus compañeros se derramaba de sus bocas agoniosas y ansiosas de más. Rubén se sintió paralizado.

Mordisqueaban brazos, piernas, abrían vientres extrayendo estómagos, bailaban como Salma Hayek, pero en lugar de una pitón, eran esófagos, intestinos delgados y gruesos. ¿Aquello era un páncreas? Era lo más terrible y asqueroso en toda su vida, pero aún así, no podía creer lo que sucedía ante sus ojos.

Rubén reaccionó, se situó y decidió dar media vuelta para largarse antes de que alguien se percatara de su presencia. Mientras lo hacía, se dio de bruces de frente con una chica que lo miraba con un rostro psicópata y la boca manchada con sangre. Las articulaciones de Rubén se helaron cuando esta lo agarró con fuerza.

– ¿A dónde vas? Estás invitado al festín.- le dijo aquella arpía.

– ¡Rosa! ¡Socorro!

Rubén intentó escapar y vio que detrás de la columna donde se había escondido Rosa, asomaba por el suelo su brazo ensangrentado. Uno de sus pies aún se encontraba con su calzado puesto, pero bastante alejado del resto del cuerpo.

El se resistía. Se aferraba a la puerta del salón de actos, pero más manos salieron a ayudar a la chica psicópata. Lo arrastraron hacia el interior de aquella improvisada jaula de extraterrestres caníbales.

– ¡Noooo!- gritó Rubén inútilmente, antes de desaparecer entre voces de júbilo y hambre.

Antes de cerrar la puerta, la chica psicópata se detuvo. Miró al frente y fíjate que cosas…te mira a ti. Te observa, sonríe ampliamente y dice:

– Esto solo es el principio del fin. Así que no te vayas; eres el postre.

Cierra la puerta.

 

Fin

Escrito por Luis M. Sabio