Matando moscas con el rabo

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“CHECK-IN DEMON”


))WELCOME((

EL Toyo, Almería.

A las doce menos cuarto de la noche, Edu entró a paso ligero por las puertas del hotel para incorporarse a su puesto de recepcionista. El Hotel Almedina Plaza quedaba tan solo a diez minutos de su apartamento alquilado. Su afán de apurar el tiempo al máximo, casi le hace llegar tarde y no tuvo tiempo de ponerse la camisa negra de cuello Mao, así que la llevaba en la mano colgada de una percha. Tras el mostrador estaba su compañera Raquel que estaba sentada mientras terminaba de contar un fajo de billetes para cuadrar la caja del día.

– Buenas noches, Raquelilla.- Ésta levantó la vista y le regaló una sonrisa.

– Buenas noches Edu, ¿qué tal estás?

– Bien, no me puedo quejar. Vengo listo para el combate.

– Genial, porque estoy deseando largarme a mi casa.

– Vale, pues voy a pasar para adentro, me cambio y te vas a ver a tu niño.

– ¡Ay, si! Encima lo tengo malito. Anoche pasó una fiebre horrible, pero ya he estado hablando con César por WhatsApp y esta tarde ha estado mejor. El Dalsin hace milagros.- Edu se rio y entró a los despachos que había tras el mostrador. Un camarero salió de la cafetería, que estaba a la izquierda de recepción y se acercó arrastrando un cubo.

– Dame la llave de abajo para tirar la basura, anda, que ya va siendo hora de tirar para casa.- dijo. Raquel abrió un cajón y le dio lo que pedía.

– Venga Gabriel, que ya nos queda poquito.

Raquel se levantó de la silla, manipuló el teclado del ordenador e imprimió unos listados. Cuando los guardó en su sitio, Edu salió uniformado. Camisa, pantalones y zapatos negros. Parecían unas cucarachas, pero era mejor uniforme de trabajo que el que utilizaban en otros hoteles (camisa amarilla, pantalones azules y corbata blanca, por ejemplo)

– Ya estoy listo. ¿Qué tal te ha ido la tarde? ¿Tienes algo que contarme antes de marcharte? ¿Alguna novedad?- cogió el libro de actas, donde apuntaban las incidencias del día y lo abrió para echarle un vistazo.

– Pues no ha pasado nada raro. La última entrada la he tenido hará media hora. Eso sí, el cliente venía muy cansado y me decía que tenía prisa por subir a la habitación. Es extranjero. Decía que llegaba de un viaje largo y llevaba una maleta grandísima.

– ¿Qué habitación tiene?

– Hmmm…la 2301.

Edu consultó los datos en el servidor del hotel.

– Señor Edgar Williamson (y mentalmente leyó: nacido en julio de 1958, Manchester) ¿Te ha dado algún problema? Es una buena habitación con vistas a la piscina.

– No, sólo se ha mostrado un poco antipático e impaciente. Ya sabes todos los datos que tenemos que pedirles a los clientes a la llegada para realizar el check-in. No he tardado ni cinco minutos en darle la habitación.

– Ok, ¿sabes quién hay de guardia en cocina esta noche?- Se quitó las gafas y las limpiaba con un pañuelo.

– Está Nuria otra vez hoy. Jesús sigue de baja por el resbalón que se dio el otro día.- Raquel entró al despacho y salió con su bolso.- Bueno, Edu, me marcho que luego a las ocho vuelvo a cambiarte el turno.

– ¿Entras de mañana? ¡Qué putada! Pues corre a casa, pero con cuidado y descansa lo que puedas.

Raquel le dio dos besos en las mejillas para despedirse y salió por la puerta principal para coger su coche.

– ¡Hasta luego!

Ahí empezó el turno de noche más largo en la vida de Eduardo.

***

Tras limpiar la cafetería, recoger, colocar las sillas y mesas en su correspondiente lugar, los camareros le despidieron entregando la recaudación del día junto a las llaves de su departamento. Una de las camareras se quedó rezagada del resto.

– Buenas noches.-le dijo Eugenia- ¿Has visto a Gabriel?

– No, le pidió las llaves a Raquel para bajar a tirar la basura, pero no lo he vuelto a ver. Espera…- Edu abrió uno de los cajones, miró y movió la cabeza de un lado a otro.- Creo que se ha marchado con las llaves del cuarto de basuras. Se le habrá olvidado devolverlas con las prisas.

– Lo más seguro, pero no te preocupes que el entra mañana a las diez. Por si no se ha dado cuenta, le mandaré un mensaje para que las traiga.

– Ok. Ciao!- y le lanzó un beso al aire.

– Adiós guapetón, que te sea leve esta noche.

– Gracias!

2301

))2301((

Edgar había tenido un día bastante ajetreado. Tanto viaje de negocios le estaban pasando factura y sufría un constante dolor agudo en la espalda. Su sobrepeso también podía tener algo que ver con su estado de salud, pero había otro motivo que le tenía de los nervios. Mirándose al espejo del baño de la habitación de hotel en la que se acababa de alojar, abrió el grifo del lavabo y extendió sus rechonchas manos bajo el chorro de agua. Se empapó bien la cara y la nuca. Más tarde se ducharía, porque su mente no dejaba de pensar en la maleta que había traido consigo. Al entrar, la había puesto encima de la cama. Asomándose desde el baño la vio tal y como el la había dejado. ¿De verdad había merecido la pena su viaje para traer eso? Su curiosidad era máxima y aumentaba por segundos. Su jefe; el señor Richter, le había dado claras instrucciones de portar esa caja desde África hasta sus manos, sin que se le ocurriera abrirla. Reconocía que el Sr. Richter era un coleccionista extravagante, pero con él nunca jugaba al ocultismo (en ninguno de los treinta años que llevaba en el negocio) y esa prohibición le carcomía las entrañas.

Necesitaba conocer el contenido de la caja.

A paso lento se fue acercando a la cama y se colocó frente a la misma. Sacó unas pequeñas llaves de su bolsillo derecho, cogió el candado de la maleta y las introdujo haciéndolas girar. Deslizó lentamente la cremallera y abrió para ver su ropa perfectamente planchada. Tanteó por encima, levantando alguna camisa que otra y…

CRASSSS!!

Un susto de muerte se llevó. La puerta de la terraza se había abierto de golpe y porrazo haciendo que las cortinas volaran. Algunos folletos informativos que había encima del escritorio también cayeron al suelo. Casi le daba un infarto. Con cara de tonto y suspirando, se acercó para cerrar la puerta, no sin antes asomarse para ver la piscina y mirar a su alrededor. No corría ni una pizca de aire. Regresó adentro y cerró bien. De nuevo frente a la maleta, la observó. Su obsesión le hizo sacar toda la ropa y tirarla de cualquier forma encima de la cama. Ahí estaba la caja. Envuelta en un trapo sucio, y a su vez, liada con unas cuerdas desgastadas. La cogió, se sentó en el borde de la cama y la apoyó sobre su regazo. Le costó un poco de trabajo desenvolverla y ese polvo rojo que la cubría, saltaba por el aire. Comenzó a toser y el televisor se encendió con el volumen al máximo. Edgar dio un respingo que casi le hace soltar la caja.

Después de mirar con odio a la presentadora del concurso telefónico que emitían en la tele, buscó en derredor el mando del aparato. Estaba encima de la mesita de noche, pero pensó que si la tele se había encendido sola, era porque el mando de otra habitación habría provocado alguna interferencia. Algún huésped noctámbulo estaría intentando encender la caja tonta y había activado la de otra habitación sin saberlo. La mejor elección era desenchufar ese maldito cacharro. Se levantó y quitó el cable de la pared. La chirriante voz de la presentadora cesó de inmediato y el sonrió satisfecho.

Posó la caja de treinta centímetros encima del escritorio. Era preciosa. Una caja de piedra que por su aspecto, tendría unos miles de años. Los grabados en ella, apenas se podían distinguir. La erosión del tiempo había hecho mella en ella. Lo cierto es que a Edgar aquello no le importaba. Le traía al pairo la caja. El ansiaba ver lo que guardaba dentro. Solo quedaba otro problema. ¿Cómo abrir una caja sin tapa y que parece herméticamente cerrada? En uno de los laterales distinguió una inscripción apenas perceptible.

– Mannrases…What the hell means that? How can I open this fucking box? Damn, Richter!- dijo para sí mismo.

Después de cinco interminables minutos, intentando descifrar el sistema de apertura, observó que tenía un pequeño agujero. En el escritorio estaban los amenities que proporcionaba el hotel a sus huéspedes. Buscó el kit de costura, rompió el cartón y sacó la aguja. Si aquello funcionaba, su deseo de ver lo que ocultaba la caja, se haría pronto realidad. Introdujo la aguja y la caja se iluminó dejando ver los hermosos grabados que en esta había tallados, para finalmente abrirse.

Algo cambió en el ambiente de la habitación, un extraño olor se apoderó del sitio y Edgar sintió escalofríos. Pero su curiosidad era aún mayor. Dentro de la misteriosa caja había una pequeña escultura con formas femeninas. Sin pensarlo, sus manos no tardaron en cernirse  sobre la figura y la levantaron para observarla más en detalle. Quemaba. La jodida figura quemaba y la soltó.

Mientras Edgar movía la mano, la soplaba y se horrorizaba de las llagas que le salieron en la palma, la figura se estampó contra el suelo. Se partió la cabeza, pero lo más raro es que comenzó a expulsar por el cuello hueco de la figura, un humo marrón rojizo que se extendió rápidamente por toda la estancia. El suelo empezó a moverse violentamente. El pánico le hizo correr hacia la puerta, pero no consiguió abrirla. Parecía estar encerrado con un terremoto en la habitación.

– Heeeelp! Heeelp!- gritaba mientras aporreaba la puerta con la esperanza de que alguien escuchase sus gritos de socorro.

El humo comenzó a tomar una forma semihumana detrás de Edgar. Un estremecimiento le hizo darse la vuelta y fue cuando vio aquel ser de más de dos metros encorvado para no chocar con el techo. Le miraba fijamente. Al menos eso sentía, porque esa cosa llevaba una máscara de porcelana y las cuencas de los ojos parecían estar vacías. Edgar quedó paralizado de terror y boquiabierto. Le fallaron las piernas…y el esfínter. Su pedo hizo hasta eco y la bestia estalló en carcajadas. Aquello no podía ser de nuestro mundo. ¿Qué es lo que había liberado de la caja?

– What…are… you?- balbuceó.

Unos minutos más tarde, la bestia dejó de reírse. Se acercó a Edgar, le atravesó el pecho con las garras que tenía por manos y le abrió la caja torácica como si se tratara de un regalo de navidad. Esto lo hizo sin dejar de sonreír con sus labios de porcelana y los órganos se escaparon del interior de Edgar para chapotear en el charco de sangre que crecía a su alrededor. Aquel ser le dedicó unas últimas palabras.

– Mi nombre es Mannrases y soy un demonio que fue encerrado durante siglos en esa apestosa escultura. Ahora que me has liberado, tendré que recuperar parte del tiempo perdido antes de que Lucifer reclame mi presencia en su reino. Puedes sentirte afortunado de ser mi primera víctima porque tu sufrimiento acaba aquí.

– What are you talking about? I don´t under…

Mannrases se quitó la máscara, abrió sus fauces y le arrancó la cabeza de un bocado.

*******

CONTINUARÁ…